lunes, 18 de agosto de 2014

Trotsky, el nombre de la revolución




“El último tema de conversación fue la muerte. “Hay algo que el comunismo nunca podrá vencer: la muerte” dijo en sustancia Malraux. Trotsky le contestó: “cuando un hombre ha cumplido la tarea que se le ha dado, cuando ha hecho lo que quería hacer, la muerte es sencilla”. (Jean Van Heijenoort. Pág.57).

Eduardo Castilla
En pocas horas se cumplirán 74 años del asesinato del revolucionario León Trotsky, dirigente de la revolución rusa, constructor del ejército rojo y luchador incansable por la revolución socialista mundial y el comunismo, aún en horas difíciles, cuando intelectuales y dirigentes de todo el mundo reivindicaban a Stalin y el “socialismo en un sólo país”.
Las dificultades de fines de los 30’ y el aislamiento de los trotskistas en relación a las grandes masas -dirigidas esencialmente por socialistas y comunistas- llevaron a un debate acerca del “voluntarismo” de Trotsky al fundar la IV internacional. Entre los críticos de esa decisión se hallaba Isaac Deutscher, uno de los mayores biógrafos del dirigente ruso. En este mismo blog, a inicios del año pasado, Paula Schaller debatió con Agustín Santella, alrededor de ese eje, aquí y aquí.
Pero las definiciones que catalogan como voluntarista dicha iniciativa no logran explicar la brutalidad de la persecución que desplegó el stalinismo contra Trotsky. Campaña que no sólo recurrió a la calumnia sino a la preparación y ejecución de su asesinato, que implicó el uso de recursos del estado soviético y de la Internacional Comunista así como de los Partidos Comunistas nacionales. Todo con el objetivo de demoler el prestigio revolucionario de Trotsky. Campaña que se desarrolló, a escala internacional, durante más de una década, desde 1928, año de su expulsión de la URSS, hasta su asesinato en 1940. Si Trotsky era una figura inofensiva y aislada ¿cómo explicar semejantes recursos en calumniar y perseguir a un individuo y su reducido grupo de seguidores? 

Un planeta sin visado

Trotsky escribía, en el final de Mi Vida, que el planeta entero se hallaba cerrado para él. Todos aquellos que predicaban las “ventajas” de la democracia burguesa sobre el régimen del estado soviético, se negaban a darle una “lección práctica” de esa superioridad concediéndole el derecho al asilo político.
El mundo sin visado era el mundo burgués temeroso del pensamiento de Trotsky y su capacidad para influir en la realidad. El énfasis en las cláusulas de aislamiento y en limitar su posibilidad de intervenir sobre la vida política local expresaban ese temor. Tras ese temor pesaba, aún más, la enorme presión diplomática de la URSS, que había condenado al exilio a Trotsky.
Las exigencias de expulsión en cada país en el que estuvo, las constantes campañas de difamación contra su figura y la infiltración de agentes de la GPU en las pequeñas organizaciones de la Oposición de Izquierda -luego organizaciones de la IV internacional- expresaban una enorme preocupación estratégica de la burocracia estalinista por liquidar al trotskismo.
Esa persecución estaba estrechamente ligada a los intereses sociales de esa casta burocrática, tanto en el terreno de su política internacional como en el nacional, donde el régimen del bonapartismo stalinista, como expresión de esa burocracia, no había terminado de estabilizarse. 

Trotskismo y stalinismo en la arena internacional

La política del stalinismo, expresada en la III Internacional a partir de 1924, fue un boicot abierto al desarrollo y triunfo de la lucha revolucionaria. A la derrota de la revolución china de 1925-27, siguió la derrota sin lucha del proletariado alemán en 1933, la desastrosa política de ceder ante el Frente Popular en Francia y la traición lisa y llana de la revolución española. Cada paso del stalinismo en la arena internacional implicaba una nueva derrota del proletariado.
El dirigente trotskista Ernest Mandel escribía que “No se pueden explicar los “errores” cometidos por Stalin en la dirección de la Internacional Comunista diciendo que fueron resultados accidentales de su “falta de comprensión” (…) Nunca coincidieron sus “errores” tácticos con los intereses del proletariado soviético o internacional (…) Una política tan sistemática no puede explicarse más que como expresión de los intereses particulares de un grupo social determinado en el seno de la sociedad soviética: la burocracia”.
A lo largo de la década del 30’, la política de Trotsky en Europa occidental, tuvo su centro en aportar al desarrollo de la revolución social a partir de la defensa de las posiciones del proletariado. Defensa urgente frente al avance del fascismo. Los insistentes llamados al frente único entre la socialdemocracia y el PCA en Alemania -reflejados en la Lucha contra el Fascismo-; las durísimas críticas a la política del PC en Francia que permitían el avance de la derecha bonapartista mientras desarmaban al proletariado para una pelea estratégica por el poder; la intervención política en la revolución española planteando una perspectiva independiente que pudiera permitir superar el estadío “ciego, sordo y mudo” del primer período de la revolución y hacer emerger el enorme poder de una clase obrera con una gigantesca combatividad; todos son ejemplos de una perspectiva estratégica clara que, de haber sido llevada a la práctica, hubiera impedido el triunfo del fascismo y el camino a la 2ºGuerra Mundial, esa enorme carnicería de las potencias imperialistas que costó más de 60 millones de vidas.  
Cada uno de esos combates estuvo acompañado de las batallas por la construcción de organizaciones revolucionarias que pudieran incidir en el desarrollo real de la lucha de clases o, en condiciones menos favorables, permanecer como corrientes armadas con las lecciones estratégicas de ese período.
En este período, la teoría-programa de la Revolución Permanente de Trotsky -que orientaba el conjunto de su perspectiva política- fue la única alternativa estratégica a las políticas del stalinismo. La persecución a Trotsky implicaba atacar a la única concepción que podía plantear efectivamente una política alternativa al conjunto de la política de la burocracia.
Esa estrategia alternativa, basada en las tendencias reales que existían entre las masas, podía triunfar. Fue, esencialmente, la dirección del PC la que impidió el desarrollo del frente único defensivo en Alemania para enfrentar la avanzada de Hitler. Fue el estalinismo el que jugó el rol principal de atar al movimiento de masas a la lucha por la República, renunciando a la aplicación de medidas revolucionarias, en España.
Trotsky, lejos de un agitador exaltado de la revolución mundial, ofrecía un programa, una política y tácticas que, en el marco de una estrategia, permitían vencer. El “temor” de la burocracia estalinista a Trotsky radicaba, en gran parte, en ese aspecto. 

La URSS y sus contradicciones

En los inicios de la década del 30’, el régimen stalinista estaba lejos aún de ser estable. Los giros económicos de la burocracia -completamente pragmáticos- condujeron a enormes crisis entre 1927 a 1932, que empujaron al país al borde de la guerra civil.
Lejos de ser una clase “legítima”, la burocracia era una casta parasitaria que usurpaba el poder político. Ante los ojos de las masas, su existencia no aparecía como “natural” sino como una usurpación. Trotsky lo expresaba señalando que “La inmensa mayoría de los obreros ya es hostil a la burocracia (pero) los obreros casi nunca salen a la lucha abierta (…) esto no solamente se debe a la represión. Los trabajadores temen, si derrocan a la burocracia, abrir el camino a la restauración capitalista”. La burocracia era un “mal” a soportar frente a las presiones del imperialismo mundial.
En 1936, en La Revolución Traicionada (de próxima aparición en la editorial del CEIP) Trotsky escribía “La divinización cada vez más imprudente de Stalin es (…) necesaria para el régimen. La burocracia necesita un árbitro supremo inviolable (…) Cada funcionario profesa que "el Estado es él". Cada sitio se refleja fácilmente en Stalin. Stalin descubre en cada uno el soplo de su espíritu. Stalin es la personificación de la burocracia”.
Dentro de esa lógica es posible comprender la razón de los Juicios de Moscú, donde la burocracia stalinista juzgó y condenó a muerte a la casi totalidad de la dirección bolchevique que, junto a Lenin y Trotsky, habían dirigido la toma del poder en 1917 empezando la construcción de una nueva sociedad.
Que los Juicios de Moscú hayan tenido como principal “acusado” a Trotsky -junto a León Sedov, ambos implicados como autores intelectuales de crímenes inventados-, constituye una aberración lógica propia del terror stalinista pero necesaria para consolidar el régimen bonapartista.
Como relata Jean Van Heijenoort en el recientemente publicado Con Trotsky de Prinkipo a Coyoacán. Testimonio de siete años de exilio, las dificultades materiales que padeció el revolucionario ruso fueron enormes. El alejamiento de su familia y sus amigos, los constantes problemas económicos, el exilio en países donde era confinado casi como en una prisión. Ese conjunto de circunstancias volvían absurdas las acusaciones en su contra como organizador de sabotajes y atentados.
La eliminación de la generación de revolucionarios que participaron en la toma del poder y en los primeros años de la construcción del estado obrero, que habían vivido de cerca de la conformación de la III Internacional -que, en su período inicial, fue una herramienta al servicio de la revolución mundial- buscaba borrar todo rastro de esa tradición.
Pero, además, la casta burocrática que encabezaba Stalin sentía horror ante la perspectiva de una nueva revolución, esta vez dirigida contra ella. Perspectiva que podía desarrollarse tanto a partir de la guerra que se aproximaba como a partir del descontento de las masas ante las enormes diferencias sociales existentes entre la burocracia gobernante y el conjunto de la población.
La existencia física de Trotsky y la existencia política de la IV Internacional constituían, en ese marco, un peligro para la burocracia. Si al interior de la URSS se desarrollaba un proceso revolucionario de masas, la posibilidad de la confluencia entre una subjetividad marcada por la tradición de la Revolución de Octubre y el programa y la política del trotskismo, era un peligro mortal para la burocracia. Allí radica otra  de las razones fundamentales de la persecución y el asesinato de Trotsky. 

¡Trotsky vive! ¡Viva Trotsky!

En estos párrafos hemos intentado reseñar más de una década de debates acerca de problemas fundamentales de la lucha de clases y la estrategia revolucionaria. Lo hemos hecho con el objetivo de volver a poner en discusión la actualidad del legado teórico y político de León Trotsky.
Quienes critican su “voluntarismo” son también quienes intentan negar la validez de su tradición. Lo hacen, en muchos casos, atacando a la Teoría de la revolución permanente y al Programa de Transición. En esos ataques, como no podía ser de otra manera, entra la acusación de “dogmatismo” y sectarismo hacia la izquierda que lo reivindica como hacemos desde el PTS.
Pero la tradición de Trotsky, a pesar de las enormes contradicciones y errores de muchas corrientes que actuaron -y actúan aun- en su nombre, sigue viva. Sigue siendo una herramienta para la lucha de clases, capaz de aportar a la reconstitución de la subjetividad revolucionaria de clase obrera. Que mejor ejemplo de la “aplicación” de parte del Programa de Transición que la gestión obrera que empieza a desarrollarse por estos días en Donnelley y la que existe, hace más de diez años, en Zanón.
En 1929, en el prólogo de Mi Vida, León Trotsky escribió “El deber primordial de un revolucionario es conocer las leyes que rigen los sucesos de la vida y saber encontrar, en el curso que estas leyes trazan, su lugar adecuado. Es, a la vez, la más alta satisfacción personal a que puede aspirar quien no une la misión de su vida al día que pasa”.  
Su lugar en la historia fue enorme. Lo que muchos tildan de “voluntarismo” fue la decisión consciente de perpetuar la tradición, el programa y la estrategia revolucionaria. Esa tradición vive. Ha resistido el paso del tiempo y las múltiples derrotas y fracasos. Esa tradición vive y lucha. Lo hace en los obreros y obreras de Lear, en los de Donnelley, en la juventud revolucionaria que se juega el todo por el todo por esas enormes luchas de la clase trabajadora, no sólo en la Argentina, sino en otras partes del mundo.
La burguesía, el stalinismo –o el peronismo en Argentina- no pudieron impedir que esa tradición siga viva y tenga futuro. A 74 años de su asesinato, ¡Trotsky vive!



jueves, 14 de agosto de 2014

Lenin, el Partido y otros demonios (Ideas de Izquierda nº11)


Acerca de la crisis de la izquierda independiente (parte II)

Fernando Aiziczon y Eduardo Castilla
Número 11, julio 2014.


En el anterior número de IdZ1 afirmamos que la izquierda independiente padecía un evidente vacío estratégico que, sumado a la reiteración de sus dogmas teóricos, la encerraba en una fuerte crisis política. Señalamos que una de sus delimitaciones centrales en relación a la “vieja” izquierda era, precisamente, la idea de Partido ligada a la tradición marxista revolucionaria. Haremos aquí algunos señalamientos sobre esa cuestión esencial (completo acá)

miércoles, 13 de agosto de 2014

Macartismo, represión y fin de ciclo (o sobre el nerviosismo kirchnerista)



Eduardo Castilla

El conflicto entre el gobierno y las patronales del campo dejó en la historia reciente –historia que se superará a sí misma- algunas frases célebres. Entre ellas estaba aquella pregunta que hacía referencia al “nerviosismo” de cierta corporación mediática.
A pesar del crecimiento el gobierno en los índices de popularidad, como resultado de la épica “anti-buitres”, podría hacerse la misma pregunta a algunos funcionarios que se desencajan antes las preguntas y debates que la izquierda trotskista presenta en el Congreso o ante los reclamos y las acciones de sectores combativos de la clase trabajadora, en defensa de sus puestos de trabajo. 

Un intento de “bonapartismo” senil

La batalla contra los holdouts que, finalizado diciembre, seguramente se convertirá en un nuevo acuerdo antinacional que profundizará el endeudamiento, sirvió a los fines de la recuperación de la imagen presidencial y dio bases a una revitalización parcial del gobierno.
Desde esa fortaleza el gobierno intenta recrear su política de confrontar con todos los sectores sociales, ubicándose en defensa de “todos los argentinos”. De allí se entienden las duras discusiones con la UIA, la continuidad de una política que denuncia a Griesa y al mismo EEUU -expresada en la denuncia en La Haya-, la dureza frente al reclamo del impuesto a las Ganancias que hace –o hacía para ser más precisos- la CGT Balcarce y, sobre todo, la dureza contra la vanguardia obrera y la izquierda trotskista, contra la que se ha lanzado una campaña macartista.
Pero esta fortaleza es relativa y está mediada por las limitaciones propias del agotamiento de un ciclo político. Agotamiento que responde al fin de las variables que lo hicieron posible durante poco más de una década. Que, en la coyuntura, el gobierno haya ocupado el centro de la escena política, no soluciona los problemas estructurales que son los límites al resurgir del “modelo”. 

El país buitre y sus consecuencias

A lo largo de la década que pasó, el peso del capital extranjero en la economía nacional lejos estuvo de revertirse. Argentina siguió siendo un país dominado por las patronales de EEUU y europeas.  Esta fracción del capital continuó así con un enorme peso en grandes decisiones políticas y económicas.
Esta es la explicación estructural a la forma en que han actuado la autopartista Lear y la gráfica Donnelley, ambas de origen norteamericano, dejando en la calle a cientos de trabajadores. Bien por despidos, en complot abierto con el SMATA, bien con un cierre absolutamente ilegal, ambas patronales han dejado en claro que sus intereses económicos se hallan por encima de la legislación nacional.  
Esto peso de las grandes multinacionales extranjeras constituye un talón de Aquiles de cualquier gobierno de un país semicolonial. Los intereses de esas multinacionales se rigen a escala global o por sus cotizaciones en la Bolsa de Nueva York. La soberanía  o la estabilidad política del gobierno local son un valor de undécimo orden para las mismas. Menos valor aún tiene entonces la vida de los trabajadores y sus familias.
El gobierno kirchnerista -como lo evidencia la represión constante a los trabajadores y trabajadoras de Lear- lejos está de recurrir a la misma épica de la que hace gala contra los buitres financieros. Frente a las patronales norteamericanas que despiden, el cipayismo menemista vuelve a emerger. 

Desempleo y “caos social”

El problema del crecimiento del desempleo es ya un factor político-social de primer orden. Desde los datos brindados por el mismo gobierno, pasando por analistas y consultores de todo tipo, hasta la misma Iglesia, todos confirman el crecimiento del desempleo.
Como bien se señaló aquí, la conflictividad social emerge a la luz del crecimiento de despidos y las suspensiones. La respuesta de sectores de la clase trabajadora es un cuestionamiento a la “libertad” que tienen las patronales de prescindir de la fuerza de trabajo obrera cuando las ganancias “no cierran”. Este mecanismo, presente en el corazón del capitalismo desde sus inicios, es lo que ponen en cuestión las acciones de resistencia de sectores de trabajadores como ocurre en Lear, Donnelley, Emfer y otras luchas.
El verdadero “caos social” no es el que Capitanich denuncia atacando a la izquierda, sino el que se produce como resultante del crecimiento de despidos, suspensiones, pobreza y crisis social. No hay “agitadores” sino condiciones sociales que implican resistencia obrera. En este sentido, se podía decir que el verdadero propugnador del “caos” ha sido el gobierno que, lejos de dar solución a las demandas obreras y populares, permite el accionar impune de las patronales.
Aquí, en el crecimiento de desempleo, radica uno de los principales topes ante los que se encuentra la recuperación política del gobierno. Si la desocupación sigue aumentando, el relato contra los buitres dejará de surtir efecto y abrirá paso a un nuevo y mayor cuestionamiento en su contra. 

El mundo según Berni

Ayer Capitanich volvió a reiterar los ataques contra la izquierda. El peronismo facho emerge en la escena nacional como parte de las “soluciones” que el gobierno tiene para ofrecer ante los reclamos de la clase trabajadora.
En el universo político la figura del Secretario de Seguridad Berni viene siendo central. Es la cara visible de la verdadera política frente al “reclamo social”. Política que no es más el endurecimiento constante de la represión a las luchas obreras, como pudo verse la semana pasada en la Panamericana, cuando usando gas pimienta y destrozando la puerta de un auto, Gendarmería se llevo detenida, entre otros, a Victoria Moyano Artigas, nieta recuperada y militante del PTS. A menos de 48 horas de la aparición de Guido Carlotto, la verdadera cara del gobierno nacional volvía a asomar a través de la represión estatal.
Es en ese marco que tiene que entenderse la nueva avanzada del gobierno nacional con la Ley Antipiquetes, con la que se propondrá, a tono con la oposición patronal, ponerles límites a las acciones de la clase trabajadora y los sectores populares que se encuentran respondiendo frente a la crisis.

Donnelley, Lear y una perspectiva para la clase obrera

El escenario nacional está marcado así por la unidad creciente entre tres fuerzas: las grandes patronales, el gobierno nacional y la burocracia sindical peronista. Unidad no absoluta ni completa, pero que comparte el objetivo estratégico de liquidar la influencia que, al interior de la clase trabajadora, ha venido conquistando el Frente de Izquierda y, en particular, el PTS.
Los ataques de Capitanich, Berni y Pignanelli demuestran que la verdadera oposición política y sindical al gobierno y las patronales está protagonizada por la izquierda trotskista, referenciada en la independencia política de la clase trabajadora, una concepción opuesta por el vértice al peronismo y a las diversas lógicas políticas que, dentro de la misma izquierda, apostaron a la colaboración con el mismo en diversos momentos de la historia (maoístas y stalinistas).
Esa fusión entre los sectores combativos de la clase trabajadora y la izquierda trotskista es lo que se halla en la base de la actual resistencia a los ataques en curso. Es lo que permite además que las luchas sindicales se eleven a un plano político, en el que las mismas sirven como ejemplo para el conjunto de la clase trabajadora.
La conquista de la opinión pública mediante campañas para hacer conocido el conflicto, la utilización de diversos métodos de lucha, combinando las acciones en las calles con la utilización de recursos legales -como los fallos judiciales- permitieron a los trabajadores de Lear sortear no sólo un ataque feroz, resistir las constantes represiones de Gendarmería y la Bonaerense, sino además haber avanzando en imponerle la burocracia y el gobierno la reincorporación parcial de trabajadores y el retorno de los delegados a la planta.
Ayer martes, la puesta en producción de la gráfica Donnelley, a pesar de la ausencia de la patronal, es un ejemplo de cómo los trabajadores son los únicos verdaderamente interesados en la continuidad de las fuentes de trabajo. Esta acción, al mismo tiempo, permitió empezar a mostrar el carácter parasitario de la patronal. Los obreros hicieron producir la empresa sin necesidad de gerentes. Los verdaderos productores demostraron que la fábrica funciona gracias a ellos. Frente a los cierres patronales, que pueden ser un factor en la crisis por venir, la acción obrera muestra una salida opuesta a quedar en la calle desocupado.
A fines de la década del 90’ la crisis capitalista golpeó brutalmente sobre la clase trabajadora y el pueblo. La década menemista –en la que los Kirchner, Capitanich y muchos integrantes del actual gobierno fueron oficialistas- dejó un tendal de desocupación y pobreza.
La clase trabajadora venía de sufrir enormes golpes y, debido a ello, fue incapaz de una respuesta que le permitiera frenar esos ataques. Las conducciones sindicales burocráticas fueron parte de los engranajes que aplastaron la capacidad de resistencia obrera.
Hoy, en el fin de ciclo kirchnerista, y cuando la crisis avanza sobre el país, la fusión entre la izquierda trotskista y sectores combativos del movimiento obrero es una realidad. Una realidad que, al mismo tiempo  que permite evitar que suspensiones y despidos pasen sin ningún obstáculo, pone en cuestión abiertamente el carácter del gobierno y sus recursos discursivos de tinte progresista, así como el control totalitario de los gremios por parte de la burocracia sindical peronista.
Precisamente por eso, las luchas de Lear y Donnelley marcan una perspectiva para el conjunto de la clase trabajadora. Frente al país de las patronales, sus cómplices como Pignanelli o Caló y sus políticos serviles, la posibilidad de evitar nuevas catástrofes para el pueblo trabajador recae en la lucha, la organización y la extensión de la unidad de la clase trabajadora. 


jueves, 7 de agosto de 2014

LEAR | "Alevosa maniobra destituyente de la empresa: todo el personal suspendido"


 
El delegado de Lear Rubén Matu informó que “la patronal norteamericana Lear decidió en el día de la fecha iniciar un lock out, suspendiendo a todo el personal de manera ilegal y violando la legislación de nuestro país, que prohíbe explícitamente los paros patronales en medio de un conflicto laboral”.
Matu explicó que “esto lo hace para incumplir las órdenes judiciales y ministeriales. El día de ayer la Justicia ya había librado las órdenes para que los funcionarios del Ministerio de Trabajo garantizaran el ingreso de los delegados luego de que doce fallos habían resuelto que la empresa debía permitirles el ingreso. Durante semanas Lear violó esas resoluciones y cuando el propio Ministerio estaba enviando a sus inspectores para hacerlos cumplir, la empresa norteamericana hace este paro patronal para seguir violando las resoluciones de la Justicia del país. Esta nueva maniobra de Lear es una verdadera alzada con métodos de acción directa contra los fallos de la Justicia argentina y las resoluciones del Ministerio de Trabajo de la Nación que ordenaron el reingreso de los delegados”.
El delegado de Lear finalizó planteando que “esta maniobra no puede pasar, ya que se impondría un antecedente donde una empresa puede ubicarse por encima de la Justicia y de las resoluciones gubernamentales cuando lo considere” y exigió "la inmediata reapertura de la fábrica, el ingreso de los delegados y la reincorporación de los despedidos".

Contacto:
Rubén Matu (delegado): (011) 15 5141 1868