lunes, 17 de julio de 2017

Apuntes sobre la batalla de PepsiCo, la lucha de clases y el trotskismo en Argentina


La batalla de PepsiCo abrió, hasta cierto punto, un escenario novedoso en la política nacional. Mostró la disposición de una fracción de la clase trabajadora al combate, estrechamente ligada a la izquierda trotskista. Lo hizo influenciando abiertamente sobre amplias franjas del progresismo y el kirchnerismo, que tienen la contradicción de estar representadas por una dirección política pequeño-burguesa que rehúye el combate de manera constante.  

En la reunión del plenario de solidaridad de PepsiCo, Eduardo Jozami, que fue o es parte del espacio Carta Abierta, dijo que ahí se forjaba parte de la posibilidad de empezar a desandar el camino del ajuste que venía impulsando el Gobierno. El legislador presente de Nuevo Encuentro planteó algo que iba en el mismo sentido. Pareciera como si PepsiCo pudiera ser una suerte de bisagra para estos sectores.

Esa mirada implica que, hasta cierto punto, es una fracción de la clase trabajadora y el trotskismo, la que “encabeza” la resistencia al ajuste macrista. En cierto sentido, muestra la potencialidad que éste tiene para volverse una corriente de peso en esa resistencia.

La lucha de clases en los próximos años es casi una cuestión objetiva. Lo evidencia el mismo programa del macrismo como expresión concentrada de la política del conjunto del capital, que es avanzar sobre las condiciones de vida de la clase trabajadora.

Desde el peronismo en adelante, la izquierda trotskista argentina fue incapaz de hacer una corriente con fuerza propia, capaz de sostenerse con una posición independiente. Alternó entre ser una secta con un “programa correcto” (que muchas veces tampoco era tan correcto) y una corriente que se adaptaba a todas las modas políticas e ideológicas.

En ese marco, el trotskismo no puedo emerger en los años 70 como fuerza de peso en la vanguardia porqué le cedió a las dos oleadas de corrientes con estrategias opuestas por el vértice a los métodos de organización independiente de la clase trabajadora. Al populismo guerrillerista, cuyo método era ser de ultraizquierda para imponer una política de conciliación de clases, y al peronismo de izquierda como corriente política con influencia de masas que militaba el terreno de la lucha sindical, al tiempo que imponía un férreo límite en el terreno político, al sostener la conciliación con las fracciones mercado-internistas del capital y, más precisamente, tener una política de “presionar” sobre Perón.

El morenismo, la corriente de mayor peso en ese período, cedió a ambos parcialmente, en condiciones más que difíciles como para hacer un polo propio. Se puede leer un balance ampliamente desarrollado en Insurgencia Obrera.

Toda época tiene sus condiciones profundamente contradictorias. Si los años 70 fueron los años de una radicalidad enorme desde el punto de vista de las acciones y, en gran parte, de la conciencia, al mismo tiempo fueron los de una subjetividad moldeada por poderosos aparatos políticos como el peronismo y el stalinismo.

La nuestra es una época con aparatos “desgastados” y en gran parte corrompidos. Eso no quiere decir que no pueden actuar por la coacción y la represión, pero su capacidad de conseguir consenso y “convencer” es infinitamente menor a la de aquellos años.

Si la burocracia sindical de los años 70 era brutalmente totalitaria, al mismo tiempo estaba apañada en el “espíritu” de ser parte del movimiento que Perón continuaba reciclando. No ocurre lo mismo en la actualidad, donde es una casta desprestigiada, completamente ajena y separada de la única figura de masas con alguna raigambre popular, que es CFK.

Pero si uno mira al kirchnerismo, también tiene enormes limitaciones. Si la izquierda peronista podía ser un factor de fuerza capaz de construir un espacio de “contrapoder” al interior de ese movimiento y proponerse buscar disputar su dirección, eso se debía en parte  las condiciones de radicalidad y en parte a ser los voceros más combativos del propio Perón, que supo utilizarlos con destreza política.

Nada de eso ocurre con el kirchnerismo y con Cristina que tiene sus propias limitaciones estructurales como para imponer su hegemonía. No es la creadora de un nuevo status o ciudadanía para el movimiento obrero o para sectores populares. Los enormes límites de su arraigo en sectores de masas tienen que ver con que continuó el trabajo en negro, precario, impuestos al salario y un largo etcétera. No fue ni por asomo algo parecido a las conquistas obtenidas por el primer peronismo. Ahí radica el primer aspecto. No hay nadie que “dé la vida” por Cristina.

En segundo lugar, en términos de política más coyuntural, la misma Cristina se ofrece de manera permanente como una figura moderada y moderadora. Lo último fue el pedido de levantar la marcha por San Cayetano.

La “elección populista” que ahora critican todos de ir por fuera del peronismo es repetir el 2011 solo hasta cierto punto. Ese giro implicaba radicalizar el discurso para construir un movimiento propio, fortaleciendo su propia camarilla, aun a riesgo de “desafiar” hasta cierto punto al sector más poderoso del capital. El momento actual es de una subordinación completa al capital hasta en la forma. El “movimiento ciudadano” busca atenuar cualquier contradicción y antagonismo. Hasta el mecanismo de la “política agonística” (conflicto sin antagonismo irreductible) queda fuera de escena.

En ese marco, el trotskismo puede cobrar una fuerza importante como factor actuante en la escena política nacional. No hablamos solo en términos de espacios políticos, sino en términos de lucha de clases.

En términos políticos lo es, pero no al punto de poder ser un factor actuante más que en determinadas cuestiones. En el Congreso Nacional el dietazo fue una, sobre la base de un fenómeno profundo con arraigo de masas, que es el desprestigio de la casta política. Pero aun es, esencialmente, una organización política de denuncia, todavía débil para impugnar la política burguesa.

En términos de lucha de clases puede ser la corriente que empiece a ganar peso sobre la vanguardia obrera y popular en la medida en que se desarrollen tensiones más abiertas en la lucha de clases. Que el Gobierno y la patronal avancen dando golpes para cambiar la relación de fuerzas no quiere decir que esta puede ceder hacia la derecha sin grandes tensiones y crisis políticas en el medio.

¿Puede ser el trotskismo la corriente que tenga un peso central en la vanguardia obrera, popular y juvenil de los próximos años? Una pregunta a hacerse. 

viernes, 19 de mayo de 2017

Un libro perdido en el mar de los libros futuros

“Una de las aspiraciones de Macedonio era convertirse en inédito. Borrar sus huellas, ser leído como se lee a un desconocido, sin previo aviso. Varias veces insinuó que estaba escribiendo un libro del que nadie iba a conocer nunca una página. En su testamento decidió que el libro se publicara en secreto, hacia 1980. Nadie debía saber que ese libro era suyo. En principio había pensado que se publicara como un libro anónimo. Después pensó que debía publicarse con el nombre de un escritor conocido. Atribuir su libro a otro: el plagio al revés. Ser leído como si uno fuera ese escritor. Por fin decidió usar un pseudónimo que nadie pudiera identificar. El libro debía publicarse en secreto. Le gustaba la idea de trabajar en un libro pensado para pasar inadvertido. Un libro perdido en el mar de los libros futuros. La obra maestra voluntariamente desconocida. Cifrada y escondida en el porvenir, como una adivinanza lanzada a la historia. La verdadera legibilidad siempre es póstuma”. (Ricardo Piglia, Prisión perpetua). 

sábado, 28 de enero de 2017

Trump y el nuevo-viejo desorden mundial


Este viernes, desde las páginas del diario La Nación, Natalio Botana se preguntaba por la legitimidad histórica de Occidente, puesta en cuestión por Trump. Hace poco menos de una semana, en El País de España se leía el llanto de lo políticamente correcto, que descargaba su furia sobre Trump y la derecha que se desarrolla a escala europea. El llanto era por renegar de los “valores históricos” del último medio siglo.

En última instancia lo que abre la gestión Trump es un nuevo salto en la crisis del orden neoliberal golpeado por la crisis económica abierta a partir de 2007-2008 y que, en los últimos años, no cesaba de profundizarse.  

Ese orden mundial de la segunda posguerra ya venía siendo cuestionado. Las instituciones como la ONU habían sido ninguneadas por un furioso George Bush hijo, empujando la ofensiva sobre Irak más allá del consenso del Consejo de Seguridad. Esto pasó hace casi 14 años.

Si el “mundo multilateral” pudo volver por una serie de años –y en forma degradada- fue como resultado del fracaso del intento de imponer un “nuevo siglo americano” por parte de los halcones republicanos. Anotemos que algunos de ellos han recalado hoy en la flamante administración Trump. Obama fue la cara de esa multilateralidad degradada como resultado de la experiencia político-militar desastrosa en Medio Oriente. El llamado “soft power” fue una elección forzada. Y agreguemos que de “soft” también tuvo poco. Los drones no son precisamente elementos para generar paz.

La primera semana de Trump al frente del Gobierno sacudió el tablero político internacional. “America first” fue la consigna que permitió dar la orden efectiva de construir un muro con México; poner en una crisis profunda la relación político-comercial con ese país y tensar las relaciones con el resto del mundo “occidental”.

Vamos por el mundo amenazando es la consigna. La embajadora de EE.UU. en la ONU se encargó ayer de dejar bien claro que quienes no respalden a la nueva administración “sepan que vamos a apuntar sus nombres”. Ya China había recibido su dosis de matonismo trumpista.

Tanta prepotencia tiene límites. En el caso puntual de México, EEUU no puedo imponer una subordinación a piacere. La propia clase capitalista mexicana tiene sus mandamases, como Carlos Slim –uno de los 8 individuos más ricos del planeta- que ayer salió a respaldar el llamado a la “unidad nacional” para enfrentar a negociator Trump.

El discurso de “América first” tiene también sus límites en el interior de sus fronteras. Trump amanece a su presidencia después de haber sido derrotado por casi tres millones de votos en el conteo general. Solo el legalmente  fraudulento sistema electoral norteamericano permite que, a pesar de ello, sea hoy presidente. Su día uno de gobierno estuvo marcado por masivas movilizaciones en todo el país, que sumaron una cifra similar de personas.

El viejo nuevo desorden mundial se radicaliza de la mano de Trump.



domingo, 16 de octubre de 2016

Difícil el exilio dijimos


“Nunca hablaban de eso. Jamás. Al menos delante de mí. Pero muchas veces veía a mi padre, sentado en el patio de la casa, al atardecer…Usted no sabe lo que era la tristeza de ese hombre, Fermín. Jamás lo decía. Jamás se quejaba. Si justo yo pasaba por delante y él sospechaba que había adivinado sus pensamientos se apresuraba a decirme que no le pasaba nada, que pensaba en su pueblo nada más. Pero que había hecho bien” (La Noche de la Usina, Eduardo Sacheri)

Anoche hablamos del exilio.  De lo difícil que debe ser. De los poemas que lo relatan. Recordé el libro La Sombra Azul, de Mariano Saravia.

Luis Urquiza era policía. Pero lo mismo tuvo que ir al exilio. Esa excepción no liquida la idea (o la norma teórica) que dice que el Estado es una banda de hombres armados al servicio del capital.

Urquiza estaba en Suecia. No entendía nada. Después se casó con una sueca. Si no recuerdo mal tiene dos hijos. O los tenía cuando Saravia lo entrevistó. Pero la soledad era enorme. La distancia gigantesca. El idioma otro. Las costumbres distintas. ¿Cómo se puede pasar de Alberdi, de Güemes, de Las Flores, de Villa Libertador… a Estocolmo? No se puede. ¿o sí?

Cuando Urquiza volvió sus torturadores ocupaban el comando de la policía de Córdoba. El actual ministro de Comunicaciones era su jefe. Aguad, sí, el amigo de Menéndez. El amigo de Mestre padre. Aunque se haya llevado mal con Mestre hijo.

Difícil el exilio dijimos. Coincidimos. Los poemas del Paraguay y el exilio están ahí para atestarlo. Solo podemos pensar en cómo sería. Sabemos que sería doloroso.

Como bandada de torcazas que cruzan el ancho cielo
En busca de otras tierras, para criar a sus pequeños
Así se van mis hermanos, de esta tierra que yo quiero


sábado, 28 de mayo de 2016

Bergoglio y Massera



“Después de un período que de alguna manera fue el reino de la tiniebla, época de crisis agudas por los años 1970-1974 donde la desorientación llevaba a extremos lamentables, los jesuitas argentinos han recuperado su verdadera conciencia su claridad de pensamiento y hoy pueden mirar esas crisis con serenidad y hasta con ironía (…) El padre Jorge Bergoglio es un hombre de 41 años, cuya fina inteligencia y maneras afables no ocultan una sólida aptitud para la conducción capaz de aplicar un caritativo rigor cuando las condiciones lo exigen. Llega al rectorado de la más alta entidad académica dela Compañía de Jesús en la Argentina, después de haber sido Provincial durante 5 años, periodo gravemente crítico ya que le tocó gobernar y depurar de equivocados las filas de la Orden”.

Diario Convicción, propiedad de Massera, 8 de junio de 1980 
(citado en Código Francisco, de Marcelo Larraquy)

viernes, 4 de marzo de 2016

Lula, un terremoto en Brasil y dos breves Apuntes



La detención de Lula en Brasil movió el avispero político argentino y latinoamericano, además de obviamente el local. Ya se ha señalado acá como se debe mantener una posición política independiente en relación a las disputas que enfrentan a diversos sectores burgueses.

Sin embargo, hay dos elementos que merecen una reflexión un poco más desarrollada y que están presentes en todas y cada una de las declaraciones que se ven y escuchan.  

Primero, vuelve a confirmarse la norma que demuestra que los gobiernos progresistas o pos-neoliberales lejos estuvieron de atacar seriamente a los “poderes fácticos”, “corporaciones” o demás títulos que puedan endosárseles para  definirlas.

Emir Sader escribe en la tarde de este viernes que “la derecha brasileña siempre creyó que en algún momento el Partido de los Trabajadores iba a ganar, pero terminaría por fracasar y a partir de ese momento podría volver a dirigir el país con tranquilidad. Lula ganó y resultó ser el mejor gobierno que jamás tuvo el país. A partir de ese momento empezó la caza a Lula.

No pudieron impedir su reelección en 2006, ni que él se encargara de eligir a su sucesora, reelegida en 2010 y 2014. Ahora Lula aparece como favorito para ganar las elecciones de 2018 y volver a ser presidente de Brasil.

Sumida en la desesperación, la derecha busca la comunión de todo lo que tiene a su alcance: sectores de la judicatura, de la Policía Federal, los grandes medios de comunicación privada. Todos ellos unidos con el fin de acabar con Lula. Una campaña que se intensificó a partir del discurso de Lula en Rio de Janeiro con motivo del aniversario del PT, el pasado 27 de febrero, cuando declaró públicamente que si era necesario para garantizar la continuidad del proceso de cambios iniciado en 2003, él se presentaría de candidato nuevamente”.

La confesión del intelectual brasilero de que la derecha tiene un peso brutal en sectores de la justicia, las fuerzas represivas y los grandes medios de comunicación pone en evidencia los límites de una política reformista sobre el Estado capitalista como la que planteó el PT.

Vale la pena recordar que, desde mediados de los años 80’, el PT era mostrado como el modelo de una política que podía conquistar hegemonía “desde abajo” y avanzar en la “radicalización de la democracia” (el fallecido Ernesto Laclau, antes de hacerse kirchnerista, lo citaba como ejemplo siempre que pudiera). Ese paradigma teórico, que en política implicaba administrar con rostro progresista al Estado capitalista, está mostrando sus profundos límites. A pesar de las ventajas de un crecimiento “a tasas chinas”, la derecha mantiene un poder enorme en la “sociedad civil” y en el Estado mismo, como lo admite Sader.  

Esto no obtura que estamos ante una operación política marca Acme. Que la casta judicial –gran parte de ella- opera al servicio de la derecha tucana, tampoco. La pregunta es cómo, después de 14 años de gobiernos de “izquierda”, la derecha conserva tanto poder. La realidad argentina no dista casi nada de esa imagen.

Con las diferencias del caso, Latinoamérica entera muestra el mismo devenir. La derrota electoral –hace pocos días- de Evo Morales en el plebiscito sobre una nueva reelección, es la última ficha de un dominó continental (o subcontinental) que cae a derecha.

La segunda pregunta o reflexión cabe sobre cómo actuará el PT y la misma CUT. Este viernes Lula declaró que “lo que pasó tenía que pasar para que el PT levantase la cabeza. Vamos a empezar de nuevo”.

¿Se puede “empezar de nuevo” después de 14 años de integración al Estado burgués? Hace poco menos de un año analizábamos en parte ese ciclo de integración y decíamos que “el PT emergió como un partido que expresaba a amplias capas de la clase trabajadora y los sectores populares en el cuestionamiento al régimen capitalista de Brasil. Pero su integración al mismo lo llevó a convertirse en el vehículo del ajuste en curso”. Esto marca los contornos de la resistencia que el PT podría desplegar.

En la noche de este viernes se conoce que la CUT llamó a una “vigilia” por Lula y a conformar un “Frente Amplio en Defensa de Lula”. Para ser una central que agrupa a varios millones de trabajadores suena a una perspectiva de lucha modesta en defensa de su máximo líder.
Sin embargo, las imágenes de este viernes, dan la pauta de una tensión política y social subiendo con fuerza. Aún está todo por verse, aunque no queríamos dejar de hacer dos Apuntes.


domingo, 14 de febrero de 2016

Creatividad y resentimiento político (así habla un paredón en Caballito)



La pintada terminaba diciendo "devolvé la banca". 

Cuando Kirchner "traicionó" a Duhalde en 2005 ¿éste tenía derecho a decirle "devolvé la presidencia"? 

Dilemas del peronismo que tiene un sólo día de la lealtad y 364 para la traición (salvo los años bisiestos) 

viernes, 12 de febrero de 2016

Horacio González y el relato después del Relato

Foto: Anfibia


Eduardo Castilla

“Entonces el peronismo para mediar toma la palabra revolución y ésa es una de sus alas semánticas; y al mismo tiempo que la toma la quiere como conjurar, contener, explicar que no es tan así a sus otros interlocutores que son empresarios, personajes de la Bolsa. El discurso de la Bolsa es un discurso que muchos intentamos ponerlo en el lugar de un discurso de ocasión para contener lo que una revolución legítima provoca en el sector reaccionario, llamado así por la reacción a la revolución. No tengo la tendencia a pensarlo, aunque siempre me originó ciertas dudas, como una expresión de lo que era la verdad del peronismo. Para mí la verdad del peronismo era como un vacío de los que hoy habla la historia política, como núcleo de indeterminación o de indecibilidad” (Horacio González, Historia y pasión)

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Por estos días Horacio González (HG) ensaya una suerte de balance del período kirchnerista. Pero, al igual que lo afirma en la cita que antecede, parece poco dispuesto a querer pensarlo a fondo.

Lejos de un intento de dilucidar algunas claves que permitan explicar la derrota electoral del pasado 22 de noviembre y el declive político que por estas horas exhibe el kirchnerismo más concentrado, HG se propone ser el vocero de una repetición talmúdica. Repetición del relato o de aspectos centrales del mismo.

El ex director de la Biblioteca Nacional y uno de los referentes de la ya extinta Carta Abierta, sostiene los tópicos comunes que fueron construidos desde el vértice del poder estatal, en aras de la “gobernabilidad”.

Muy lejos de Clausewitz, muy cerca de Laclau

HG ha publicado hasta el momento 5 de las 10 entregas prometidas para realizar un balance del kirchnerismo. Se trata de una suerte de ensayo en cuotas, presentado bajo el título Derrota y esperanza: un folletín argentino por entregas y se puede leer en la página La Tecl@ Eñe.

En la primera de las entregas HG se centra en la llamada “batalla cultural”. No se trata de una elección arbitraria o infundada, sino que el conjunto de su esquema –por lo menos hasta la última presentación- está orientado a pensar los límites del “proyecto” desde la batalla contra Clarín y desde los discursos puestos en circulación.

Dice allí que “lo que se definió como “batalla cultural” tenía varias piezas centrales (…) una de las cuales era una formidable pieza legislativa, finalmente aprobada pero a la vez neutralizada luego por distintos medios (esencialmente jurídicos), que se llamó ley de servicios de comunicación audiovisual, nombre técnico de un conjunto de disposiciones tendientes a desmonopolizar el control de audiencias (…) Esta ley apuntaba especialmente al grupo Clarín (…) Esta batalla cultural, implicaba necesariamente la posesión de “fierros propios”, en un modelo de lucha que no era de cuño tradicional, extraña a los “manuales clausewitzianos” (…) dentro de lo necesario del tratamiento de la monopolización mediática, se pasó por alto, lo que de alguna manera era inevitable, la configuración de Clarín como un ente histórico o poseedor de una evidente historicidad. No se tuvieron en cuenta, con la repentina fustigación del “Clarín miente”, las diferentes fases que atravesó la ideología y la metodología del grupo (…) Clarín es el testigo privilegiado de numerosos fracasos políticos de la Argentina, no solo el del desarrollismo frondizista, sino el de las diversas izquierdas y peronismos de izquierda.

La popularmente llamada Ley de medios no dio pasos sustanciales en aquello que se asignaba como su tarea central. La desmonopolización se transfiguró en pelea de dos monopolios mediáticos. Clarín como co-director de la ofensiva contra el gobierno por un lado y, frente a ellos, un conglomerado de medios sostenidos desde el poder estatal. Una tropa que, por estos días, se diluye con la consecuencia de una oleada de despidos contra los trabajadores.
Pero la configuración histórica de Clarín –es decir su rol central en el dominio capitalista nacional- no se pasó por alto “de manera inevitable”. Por el contrario, como es ampliamente conocido, en el final de su mandato Néstor Kirchner prorrogó todas las licencias del grupo. Así, el mismo kirchnerismo que lanzó una ley para “desmonopolizar”, creó y alentó monopolios mediáticos a diestra y siniestra por años.

Si la consigna “Clarín miente” se convirtió en una de las claves de la edificación del relato en los años posteriores, fue porque permitió simplificar los antagonismos casi hasta el absurdo. Por años, la “Corpo” fue solo Clarín. Su demonización iba paralela a políticas que permitían ganancias siderales al conjunto del gran capital, incluido el “agro-power”, aquel enemigo “mortal” de 2008.

“Clarín miente” fue la clave de una batalla discursiva donde el enemigo no era nunca alcanzado por los golpes. El relato se sostenía mientras se abandonaba toda confrontación real.



Relato y la realidad

En la segunda de las entregas HG aborda “la compleja noción de “relato” al decir de los presentadores de la revista. Dice el ex Carta Abierta que “relato era aquí sinónimo de impostura, de falsedad, de fingimiento, de “invención de tradiciones”, en suma, una superchería de Estado para contarle a los crédulos una historia apócrifa sobre los gobernantes, sus orígenes y propósitos”.

Pocos renglones después agrega que “su empeño anti-corporativo, que desde luego se dirigía privilegiadamente contra el grupo Clarín, aunque ciertamente mucho menos contra otras corporaciones “no mediáticas” (pero a las que de una manera u otra Clarín articulaba: Monsanto, Barrick Gold, Chevron, etc.) no lograba interesar a las izquierdas ni a una parte sustancial de la vida popular, que en el “gran monopolio mediático”, no veía sino la posibilidad de saber cómo se resolvían los misterios de amor y los prodigios de la ilusión en una telenovela que recreaba “las mil y una noches””.

Precisamente el relato se cimentó sobre la base de presentar una vocación de lucha contra las “Corporaciones” que no era tal.  La pelea con Clarín se redujo a una “guerra de medidas cautelares”, que fueron esencialmente favorables al “gran diario argentino”.

Pero en relación a otras “corpos”, la política del gobierno fue abiertamente favorable. Fue la misma CFK quien impulsó la radicación de plantas de Monsanto y permitió el florecimiento de sus negocios, de la mano de una creciente sojización que solo era combatida en las palabras. Lo mismo aconteció con las grandes mineras, que siguieron gozando de beneficios siderales gracias a un Código Minero heredado del menemismo y nunca puesto en cuestión. De Chevron se puede recordar que fue la beneficiaria de la reprivatización del minoritario porcentaje de YPF que había sido nacionalizado. Otra beneficiada fue la española Repsol, primero catalogada como “saqueadora” y luego premiada con una indemnización de miles de millones de dólares.



La raíz de que la izquierda no “se interesase” por estas peleas debe buscarse precisamente en la ausencia de toda epicidad. La “batalla cultural” seguía desarrollándose sobre todo en la superestructura y los discursos, sin tocar nunca la estructura social –excepto y muy parcialmente- con la nacionalización de las AFJP. La guerra se libraba según los conceptos de Ernesto Laclau y Chantal Mouffé.

Por otra parte, la crítica a la “vida popular” no deja de sorprender viniendo de un intelectual que revindica el peronismo. Precisamente el desinterés de las masas populares en esas “batallas” contra las corporaciones radicó en la nula influencia de las mismas en la vida cotidiana de aquellas. Si el primer peronismo podía construir su propio “relato” a partir de las profundas transformaciones en la vida de la clase trabajadora –logradas con luchas pero a costa de la integración política al movimiento fundado por Juan Perón- el kirchnerismo careció de credenciales sólidas en ese terreno.

La enorme continuidad del trabajo precario en un tercio de la clase trabajadora, la ausencia de derechos sindicales en amplias capas, los más que insuficientes recursos destinados a jubilaciones y AUH si se compara con los pagos de la deuda externa o a los Fondos buitres; todos determinantes de los límites que el kirchnerismo tenía entre capas profundas de las masas.

Sobre esos límites jugó el macrismo para imponerse. Concentró su fuego en el “estilo” prometiendo sostener las medidas que contaban con aceptación social. Precisamente el desplazamiento por medios electorales habla de la debilidad del vínculo político entre kirchnerismo y amplios sectores de las masas. HG no se propone realizar ese análisis. El resultado es terminar condenando una telenovela.  

Injurias, corrupción y denuncias

Los límites que se autoimpone HG para analizar el ciclo político que terminó hace pocos meses lo llevan por laberínticos caminos. El motor de la caída política del anterior gobierno debe buscarse en las calumnias que se repitieron sin cesar.

Leemos que “con el matrimonio Kirchner (…) crecieron hasta proporciones gigantescas los ataques donde el pasado de la pareja presidencial era examinado por peritos en detectar supuestas falsedades y mascaradas”. Antes habíamos leído que esa “campaña de una dimensión (…) de la que no se tenía acabada noción en el país. Sin duda, superaba a lo que se había visto en la época de Perón –aunque en especial luego de caído este gobierno en el 55- y a la larga persistencia del diario Crítica para deteriorar durante los finales de los años 20 al gobierno de Yrigoyen”.

En el mismo sentido, y ya en la tercera entrega de su folletín, HG afirma que “no hay concepto más escurridizo e inaprensible que el de corrupción (…) La inevitable carga moral que subyace en él, su poder agraviante y desestabilizador (…) tienen una fuerza capaz de  resquebrajar cualquier andamiaje gubernativo”.

Campaña de injurias y acusaciones de corrupción se convierten así en los elementos que definen el clivaje social que llevó a la caída por vía electoral del kirchnerismo.

Que la casta judicial haya operado y opere en pos de golpear al kirchnerismo, no objeta que muchos de esos casos son reales. Tan reales como lo fueron bajo el menemismo, la Alianza y lo serán bajo el macrismo. Esa corrupción es inherente a la estructura de una casta política que gestiona el Estado burgués al servicio de una mayor rentabilidad para el capital. La contraparte son salarios millonarios que permiten un nivel de vida cercano al de los mismos capitalistas.

A pesar de sostener que “lo que hay que hacer no es situarse en una hipótesis de rechazo indignado de estas incómodas situaciones (…) todos los que estuvimos en esa situación, debamos explicarnos y su vez reclamar explicaciones”, Horacio González emprende una defensa de uno de las más cuestionadas  figuras del kirchnerismo.

En su quinta entrega, a pesar de que desde el título propone “reflexionar sobre la figura de Cristina”, HG nos habla de “la inclemencia de las peores adjetivaciones, totalmente contaminadas con el afán de enviar cabezas propiciatorias al cadalso. Una de ellas: la rubia testa de uno de los ex-ministros de economía de Cristina, guitarrista ocasional del grupo la Mancha de Rolando, acusado ahora de todas las manchas posibles que puedan tener el tal  Rolando o cualquier otro hombre, llámese como se quiera, pero al que fundamentalmente no se le perdona la estatización de los fondos de pensión, entre los que se hallaban papeles accionarios de empresas cruciales, entre ellas, Clarín

Así, Amado Boudou, nacido en la liberal UCeDé y poseedor de un lujoso departamento en Puerto Madero -entre otros bienes no menores-, es elevado al rango de una suerte de jacobino moderno, enemigo del poder económico. La “guillotina” que hoy cae sobre él no es más que la venganza de los poseedores por su espíritu “expropiador”.

Horacio González cierra así el círculo de su propio relato, que empieza en absolutizar el poder de Clarín -aunque dejando sin explicación el origen del mismo- para terminar defendiendo a Amado Boudou.  




Relato y metafísica

Hegel escribía al inicio de su Lógica que “el dogmatismo de la metafísica del entendimiento consiste en mantener las determinaciones exclusivas del pensamiento en su aislamiento”. Podríamos recurrir a Marx o a cualquiera que nos  presente un enfoque dialéctico de las cosas pero el nudo de la cuestión seguiría siendo el mismo.  

La crítica esencial radica en que HG abstrae una serie de elementos y los convierte –hasta el momento- en la explicación única de la derrota electoral. Clarín, las calumnias contra los Kirchner, las denuncias de corrupción son los arietes de una reflexión que no se propone llegar hasta las causas últimas del declive kirchnerista.

La “verdad” del kirchnerismo –término al que resulta difícil adherir de manera incondicional- debe buscarse en una conjunción de factores económicos, políticos y sociales. Cuando aún el kirchnerismo entraba y salía por las puertas de la Casa Rosada, escribimos esta suerte de balance parcial que buscaba analizar más en profundidad el período. En un sentido similar -ya finalizada la “década ganada”- se escribió aquí, dando cuenta de los múltiples momentos de giro a la derecha del kirchnerismo que, como ya es sabido, terminaron encumbrando a Scioli como candidato único del “modelo”.



Aunque los elementos de un balance más acabado del periodo kirchnerista todavía se sigan escribiendo, ya es bastante lo dicho para entender las razones de su fracaso. Su épica se estrelló contra los límites de su propia esencia de movimiento político burgués restauracionista. Esa “verdad” es la que HG prefiere no pensar.