viernes, 19 de septiembre de 2014

Atilio López, la Triple A y el peronismo (publicado en La Izquierda diario)


A partir de este martes la izquierda lanzó su primer diario digital. En La izquierda diario publicamos el artículo que dejamos a continuación.



Eduardo Castilla
Este martes 16 se cumplieron 40 años del asesinato de Atilio López, histórico dirigente de la UTA, uno de los protagonistas del Cordobazo y quien fuera además vicegobernador de la provincia de Córdoba desde mayo de 1973 hasta el golpe policial que pasó a la historia como Navarrazo, ocurrido en febrero de 1974.
En este aniversario el kirchnerismo local, junto a autoridades nacionales, del municipio y de la UTA, llevaron a cabo distintos eventos de homenaje a la memoria de López. Estos incluyeron el descubrimiento de una placa en la sede de la UTA Córdoba, la colocación de un busto conmemorativo en la esquina de Bulevar San Juan y Avenida Vélez Sarsfield y un festival del que participaron, entre otros, Paola Bernal y el Dúo Coplanacu. La presencia de autoridades nacionales -como el secretario de Derechos Humanos de la Nación Martín Fresneda- y del intendente de la ciudad, Ramón Mestre, dio notoriedad a los actos conmemorativos.

Tragedias políticas

Atilio López fue asesinado por la Triple A, organización paraestatal armada directamente por el gobierno nacional al que López había apoyado. Una de las mayores tragedias políticas de la historia de los años ‘70 fue la protagonizada por la izquierda peronista, dentro de la cual se enrolaba el histórico dirigente de la UTA.
Protagonista de importantes luchas que habían golpeado a la dictadura de la llamada Revolución Argentina -entre ellas el mismo Cordobazo o el Viborazo de 1971- López, como parte de esa izquierda peronista, privilegió el alineamiento con la política gubernamental del peronismo a partir de 1973.
El viejo General vuelto del exilio se proponía instaurar el “orden” y la “paz entre los argentinos”. Su rol esencial -y así lo afirmaba Perón- consistía en frenar la lucha creciente de la clase trabajadora, el pueblo pobre y la juventud. Pero esto significaba aplicar una política represiva sobre los sectores más conscientes que, incluso, se proponían la lucha por el socialismo.
La Triple A nació de esa necesidad. Fue la herramienta que creó el gobierno peronista para derrotar a los sectores sobre los cuales su hegemonía política era limitada. Diversos cálculos estiman entre 1500 y 2000 la cifra de asesinados por esa organización paraestatal. Eran luchadoras y luchadores obreros, juveniles, populares, militantes de la izquierda peronista y de la izquierda marxista. El asesinato de López refleja entonces una tragedia colectiva.
La subordinación política de López al peronismo gobernante significó, en varias ocasiones, una frustración para los sectores avanzados de la juventud y la clase trabajadora. Una de ellas ocurrió al plantearse la normalización de la CGT Córdoba con una conducción completamente peronista, hecho ocurrido en julio de 1973. Eso motivó importantes tensiones con Agustín Tosco y René Salamanca.
Un segundo hecho de importancia fue el abandono, casi sin pelea, del gobierno provincial luego del Navarrazo. Tanto López como Obregón Cano pusieron su suerte en manos de Perón y el gobierno nacional. Pero éste terminó avalando el golpe mediante la Intervención federal de la provincia. Algo que no debería haber extrañado dado que el gobierno nacional, la derecha peronista cordobesa y las conducciones sindicales burocráticas venían alentando el golpe desde hacía meses.
La enorme tragedia de una generación de luchadores populares en los años 70’ fue la de confiar en un proyecto político que declaraba, desde sus inicios, abiertamente y sin ambages que su objetivo era liquidar la lucha de clases. En este marco es posible entender el asesinato de López por un gobierno peronista.

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Sábado 13/9. Asamblea abierta del PTS junto a Nicolás del Caño, diputado nacional y a trabajadores de Donelley bajo control obrero



Pongamos de pie una izquierda de los trabajadores y la juventud combativa



Los trabajadores y la juventud de Córdoba tienen ante sí el importante desafío de avanzar en su organización para enfrentar la Córdoba reaccionaria de los De la Sota y Mestre. Desde el PTS nos proponemos aportar nuestro esfuerzo a esa tarea, como lo hacemos en todo el país. Cómo avanzar en poner de pie una izquierda de los trabajadores, la juventud combativa y las mujeres que pelean por sus derechos será parte de los debates que, junto con todos ustedes, queremos hacer este sábado 13/9, en la Asamblea Abierta que haremos junto a Nicolás del Caño, diputado nacional del PTS en el FIT, en Lavalleja 851.   

Porque en Córdoba y en todo el país, la clase trabajadora viene de protagonizar un importante paro contra el gobierno a pesar de todos los intentos de impedir que se expresara la bronca que hay. Bronca contra la inflación que se come nuestro salario, contra los despidos y las suspensiones que sufrimos permanentemente para que las patronales sigan ganando como antes.
Esa bronca se vio en la fuerte movilización que recorrió las calles de Córdoba el jueves 28 de agosto. Ese día fueron al paro las grandes alimenticias como Lía y Arcor de Colonia Caroya; los trabajadores del transporte interurbano de pasajeros que impidieron que miles pudieran llegar a Córdoba para sus tareas habituales; los trabajadores de Luz y Fuerza, Camioneros y Municipales, que luego marcharon por el centro de la ciudad. En SMATA, la Lista 2 de VW, opositora a Dragún, impulsó asambleas y los trabajadores votaron una manifestación frente a la planta contra el impuesto al salario. Allí estuvieron también los trabajadores despedidos que pelean por su reincorporación desde inicios del 2013. Un verdadero ejemplo de lucha.
En el acto del 28/8, un sector de la burocracia sindical ensayó un discurso combativo: contra las patronales y los gobiernos, contra las suspensiones y los despidos. Pero este discurso es para las cámaras de televisión. Lo hacen porque todos sus jefes políticos -PJ, UCR, Juez, el kirchnerismo y el macrismo- sólo se preocupan por el armado de las listas electorales hacia el 2015. Por eso los dirigentes hacen discursos combativos, para responder ante el creciente descontento obrero.
Desde la izquierda tenemos la tarea de transformar esa bronca en organización. La bandera de la lucha contra las suspensiones y los despidos es fundamental para poner en pie agrupaciones antiburocráticas en el movimiento obrero, agrupaciones que puedan luchar por la recuperación de los cuerpos de delegados y las comisiones internas, que se propongan pelear por recuperar los sindicatos para ponerlos al servicio de la clase trabajadora, no de esos dirigentes millonarios como los Dragún, Pihen, Monserrat, Daniele y otros que después terminan trabajando en función de los partidos patronales. Como encarar esta importante pelea es parte del debate que realizaremos  en la asamblea de éste sábado.

Contra el Gatillo Fácil y la represión a la juventud

En Córdoba crece el odio contra la brutalidad policial. Por casos de Gatillo Fácil 7 jóvenes fueron asesinados en el 2014. La prepotencia de la cana en los barrios es brutal. Hacen lo que quieren con los jóvenes y sus familias: los persiguen, los detienen, les roban. Tienen el apoyo del Jefe policial Suárez que defiende a los policías asesinos en cada caso. Como eso no le alcanza sale a amenazar a los periodistas que lo acusan como ocurrió con Dante Leguizamón.
Este miércoles 10/9. Los familiares de las víctimas convocaron a una movilización. Ese debe ser el primer paso de un movimiento permanente que enfrente la represión policial contra la juventud. Hace falta organizar a la juventud en las universidades, las escuelas secundarias y los barrios pobres para pararle la mano a la policía de De la Sota. En la asamblea discutiremos como convertir la lucha por terminar con el Gatillo Fácil y por la cárcel a los responsables en una bandera de toda la juventud de Córdoba. 

Basta de violencia hacia las mujeres

Córdoba se supera año a año, su propio “récord” de femicidios. Estos se suceden porque, como demostró la Justicia provincial en el caso de Elsa Cano, y Silvana Córdoba, es completamente machista. Así lo vemos cuando prohíbe, a pedido de la Iglesia, nuestro elemental derecho al aborto no punible. El estado provincial, no se queda atrás: pretende resolver los casos de violencia hacia las mujeres con botones antipánico que “policializan” la vida de las mujeres; como si no estuviéramos al tanto de que la Policía, otra institución patriarcal, es la principal implicada en las mafiosas redes de trata que desaparecieron a Yamila Cuello y otras cientas de mujeres en Córdoba. Este trío: Justicia, Policía y Gobierno, son los principales responsables de la violencia que pesa, en todas estas formas, sobre la vida de cientos mujeres. La defensa de nuestros derechos no vendrá de sus manos. Necesitamos organizar Comisiones de mujeres en cada lugar de trabajo y estudio como lo hicieron las compañeras de la fábrica gráfica Donelley, bajo control de los trabajadores.
A menos de un mes del Encuentro Nacional de Mujeres en Salta, en la Asamblea del PTS queremos debatir cómo organizar una gran delegación de las compañeras de Pan y Rosas para participar. Ese tiene que ser un primer e importante paso para que cientos de mujeres nos organicemos en Córdoba para luchar por sus derechos contra los gobiernos, las patronales y la influencia oscurantista de la Iglesia. 

 Todos con los trabajadores de Donnelley y Lear. Basta de represión e infiltrados en la protesta social

Los trabajadores de Donnelley y de Lear son un ejemplo de cómo responder a los ataques de las patronales. En Donnelley demostraron que no hay porqué resignarse a los cierres de empresas, que éstas pueden seguir funcionado bajo el control de sus trabajadores. Ya llevan un mes demostrándolo y Facundo "Ácido" Gómez y Alejandra Cortellcubi, obrero y ella integrante de la Comisión de Mujeres, ambos de Donelley, estarán aquí para contarnos su pelea.
Los obreros y obreras de Lear sostienen, desde hace más de 100 días, una lucha durísima contra la patronal buitre norteamericana, la mafiosa burocracia sindical del SMATA y los gobiernos nacional y de Scioli. Cada semana han sufrido una brutal represión de la policía y la Gendarmería.
Esa represión implica el uso de provocaciones como la del Gendarme Karancho que se tiró arriba de un auto para inventar una causa contra los manifestantes. O la infiltración de civil del coronel retirado Galeano, dado de baja y reincorporado por Berni para reprimir la protesta de los trabajadores.
Nicolás del Caño, diputado nacional del PTS en el FIT ha estado desde el principio de estas luchas junto a los trabajadores. Las bancas conquistadas por el PTS están al servicio de apoyar estas luchas, por ejemplo, donando cientos de miles de pesos a cada fondo de lucha, participando en las movilizaciones y sufriendo incluso la represión, como se vio hace pocos días cuando a Nicolás le tiraron gas pimienta directamente a los ojos. Es por estar junto a los trabajadores que luchan que Sergio Berni ataca permanentemente a nuestros compañeros diputados.

En la Asamblea del PTS queremos debatir cómo fortalecer esta perspectiva. En pocos días lanzaremos el primer diario digital de la izquierda en la Argentina –laizquierdadiario.com -  para tallar en los grandes debates nacionales y provinciales con una voz propia de los trabajadores, las mujeres y la juventud.  Queremos debatir las posibilidades de una izquierda que utilice la campaña electoral del 2015 y los lugares que conquiste en la Legislatura o el Congreso Nacional para fortalecer éstas; para denunciar la represión y la impunidad y para dar pasos en poner de pie una verdadera fuerza política y social que pueda impedir que la crisis la paguen los trabajadores, luchando por una salida de fondo, un gobierno de los trabajadores y el pueblo pobre, que dé solución real a todos los problemas que sufre hoy el pueblo trabajador.
Desde el PTS te invitamos a participar de este debate. Contaremos con la presencia de trabajadores y trabajadoras metalúrgicos y de las automotrices, de la salud, docentes, estudiantes universitarios, secundarios y terciarios. Esperamos también contar con tu presencia. Sábado 13 de setiembre, a partir de las 17hs. ACV Córdoba (Lavalleja 851) 
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miércoles, 3 de septiembre de 2014

Tomada miente (una jornada cargada en los cortaderos de ladrillos)


Leonardo Nesta
Obrero industrial
 


"Esto sigue siendo un trabajo de esclavos, lo fue y lo sigue siendo"

Eso que parece una aseveración de tono histórico no es más que el sentir de un hornero, como se los conocen por estos lares a los ladrilleros. Efectivamente hoy fuimos juntos a recorrer algunos lugares donde él trabajó, lo había hecho otras veces, no voluntariamente como hoy, con cierta impotencia, pero hoy fui yo a pedirle que me acompañe, y fuimos juntos, ahí donde la greda te llega a los tobillos, y la sequedad de las manos trabajadoras es tan profunda como la desolación que vive esa zona. En el camino le explique que, como respuesta al paro del pasado jueves, el gobierno había salido con "un plan" para "mejorar" las condiciones de los trabajadores ladrilleros, una reconversión productiva lo llaman ellos, un verso más detrás de una palabra de difícil interpretación concreta. “Son todas mentiras" me dijo, "ahora vas a ver, seguimos igual que 20 años atrás. Si digo eso digo mucho, la verdad que estamos peor"
Llegamos al primer cortadero y nos encontramos con Ramoncito. "Moncho!" Me dice "no engordás más vos". A simple vista Ramoncito tiene el mismo aspecto que cuando lo vi por última vez, hará unos 15 años atrás. Sus zapatillas cubiertas de barro seco, que dejan una huella continua en la greda, unas pilchas harapientas para no arruinar nada de valor en este terrible trabajo, pero luce cansado, menos veloz que otras veces.
Hay dos laburantes cortando (primera fase de la producción de ladrillos) "yo no quiero estar acá" me dice uno, "he buscado otras cosas pero no se consigue nada, esto te mata lentamente". El otro no pronuncia palabra, pero sonríe cuando le saco una foto. "Saque, saque, muestre todo mijo que acá solo vienen cuando hay una tragedia". Es verdad, hace unos años un niño murió ahogado en el tanque de agua que utilizan para laburar, una noticia que recorrió los diarios y abrió la discusión sobre el trabajo infantil en los cortaderos, algo común a la actividad.
Junto con el trabajo en negro y el empleo semi esclavo de inmigrantes bolivianos, son partes de la tragedia diaria que viven cientos de miles de trabajadores, las condiciones de extrema precariedad, la dura y agobiante vida bajo el sol, el frío, las heladas, todas esas enfermedades adquiridas por el insufrible desgaste del tiempo.
Ojos enrojecidos de cataratas, pieles astilladas, columnas retorcidas, encorvados, lastimados, todo recientemente “descubierto” por Tomada. Canallas insensibles, cobardes por sobre todas las cosas, el personal político de la burguesía, el gobierno K, tiene un número creciente de cínicos capaces de cualquier cosa.
Con los trabajadores conversamos un poco sobre mis ideas, lo que ando haciendo hoy por hoy, y les agrada. “Esas cosas estarían buenas, ojala alguien las pudiera llevar adelante”. Todavía la vida, cruenta vida, necesita abrirse paso. Experiencias, y procesos generalizados de luchas que ayuden a las ideas que llevamos adelante los marxistas. Pero sin duda coincidimos en algo, el gobierno es una mierda me dicen. Yo les prometo, en cuanto pueda, volver.
La visita continua, al principio tenía una cuota de nostalgia. Hacía mucho que no andaba por acá, pero a medida que caminamos me crece la ira, ciertamente no puedo hablar de estrategia, compartimos la bronca que irradian las charlas. Aunque hablamos de política, hay un justo deseo de venganza que nos recorre enteros. El camino es empedrado, difícil de andar, casas de adobe, precarias. No, eso es poco, mucho más que eso, un baño sin puertas, una letrina que nadie usa. "Es mejor cagar en los yuyos" me dice el rengo. Así lo llaman acá, trabaja con mi tío que no está.  "Anda en el carro, buscando zanahorias para el caballo", en estos días terminó de quemar así que ahora anda haciendo las cosas que dejó pendiente.

El quemado del ladrillo (última fase de producción) necesita una atención continua, ocho, diez y hasta 15 días, el horno arde, abastecido de gruesos y pesados troncos de árboles que el quemador manipula con sus propias manos, y con la única ayuda de su ser, no hay nada mecanizado en este tortuoso lugar.
Los quemadores atienden el horno día y noche, muchos (como uno que conozco) sufren de insomnio crónico, terminan con delirios, sin distinguir cual es el día y la noche, cual es su vida real y cual la ficticia porque la pesadilla que vive hace años se extiende y se extiende. 
El rengo lleva unas quinientas bovedillas (ladrillo fino) quizá menos, una y otra vez se ha inclinado con el molde cargado de barro para dejarlas en el suelo, donde secan al calor del sol. Le pagan 200 pesos por cada mil que corta. Hoy, si acelera un poco, quizá su paga llegue a esa meta. Le cuento que el gobierno quiere mil millones de ladrillos y no lo concibe. Está pensando en que aun, a su columna, le falta la mitad del día para llegar a 200 pesos, tomar una sopa, un vino, dormir y volver a arrancar, a pesar del dolor y de lo que sea.
Tomada miente. Nunca tuve duda de ello, no necesitaba comprobar nada, más bien quería, herramientas en mano, devolver un poco de esa savia que nos hace fuertes a los obreros. Es una bronca contenida y un deseo de romper cadenas que se va a propagar a miles, y aunque lo intenten por todos los medios, cuando ocurra, no van a conseguir separarnos porque seguimos siendo los mismos, pero mejor.
 


martes, 26 de agosto de 2014

La noche boca arriba (Julio Cortázar, a cien años de su nacimiento)



Y salían en ciertas épocas a cazar enemigos;
 le llamaban la guerra florida.

A mitad del largo zaguán del hotel pensó que debía ser tarde y se apuró a salir a la calle y sacar la motocicleta del rincón donde el portero de al lado le permitía guardarla. En la joyería de la esquina vio que eran las nueve menos diez; llegaría con tiempo sobrado adonde iba. El sol se filtraba entre los altos edificios del centro, y él -porque para sí mismo, para ir pensando, no tenía nombre- montó en la máquina saboreando el paseo. La moto ronroneaba entre sus piernas, y un viento fresco le chicoteaba los pantalones.

Dejó pasar los ministerios (el rosa, el blanco) y la serie de comercios con brillantes vitrinas de la calle Central. Ahora entraba en la parte más agradable del trayecto, el verdadero paseo: una calle larga, bordeada de árboles, con poco tráfico y amplias villas que dejaban venir los jardines hasta las aceras, apenas demarcadas por setos bajos. Quizá algo distraído, pero corriendo por la derecha como correspondía, se dejó llevar por la tersura, por la leve crispación de ese día apenas empezado. Tal vez su involuntario relajamiento le impidió prevenir el accidente. Cuando vio que la mujer parada en la esquina se lanzaba a la calzada a pesar de las luces verdes, ya era tarde para las soluciones fáciles. Frenó con el pie y con la mano, desviándose a la izquierda; oyó el grito de la mujer, y junto con el choque perdió la visión. Fue como dormirse de golpe.

Volvió bruscamente del desmayo. Cuatro o cinco hombres jóvenes lo estaban sacando de debajo de la moto. Sentía gusto a sal y sangre, le dolía una rodilla y cuando lo alzaron gritó, porque no podía soportar la presión en el brazo derecho. Voces que no parecían pertenecer a las caras suspendidas sobre él, lo alentaban con bromas y seguridades. Su único alivio fue oír la confirmación de que había estado en su derecho al cruzar la esquina. Preguntó por la mujer, tratando de dominar la náusea que le ganaba la garganta. Mientras lo llevaban boca arriba hasta una farmacia próxima, supo que la causante del accidente no tenía más que rasguños en la piernas. "Usté la agarró apenas, pero el golpe le hizo saltar la máquina de costado..."; Opiniones, recuerdos, despacio, éntrenlo de espaldas, así va bien, y alguien con guardapolvo dándole de beber un trago que lo alivió en la penumbra de una pequeña farmacia de barrio.

La ambulancia policial llegó a los cinco minutos, y lo subieron a una camilla blanda donde pudo tenderse a gusto. Con toda lucidez, pero sabiendo que estaba bajo los efectos de un shock terrible, dio sus señas al policía que lo acompañaba. El brazo casi no le dolía; de una cortadura en la ceja goteaba sangre por toda la cara. Una o dos veces se lamió los labios para beberla. Se sentía bien, era un accidente, mala suerte; unas semanas quieto y nada más. El vigilante le dijo que la motocicleta no parecía muy estropeada. "Natural", dijo él. "Como que me la ligué encima..." Los dos rieron y el vigilante le dio la mano al llegar al hospital y le deseó buena suerte. Ya la náusea volvía poco a poco; mientras lo llevaban en una camilla de ruedas hasta un pabellón del fondo, pasando bajo árboles llenos de pájaros, cerró los ojos y deseó estar dormido o cloroformado. Pero lo tuvieron largo rato en una pieza con olor a hospital, llenando una ficha, quitándole la ropa y vistiéndolo con una camisa grisácea y dura. Le movían cuidadosamente el brazo, sin que le doliera. Las enfermeras bromeaban todo el tiempo, y si no hubiera sido por las contracciones del estómago se habría sentido muy bien, casi contento.

Lo llevaron a la sala de radio, y veinte minutos después, con la placa todavía húmeda puesta sobre el pecho como una lápida negra, pasó a la sala de operaciones. Alguien de blanco, alto y delgado, se le acercó y se puso a mirar la radiografía. Manos de mujer le acomodaban la cabeza, sintió que lo pasaban de una camilla a otra. El hombre de blanco se le acercó otra vez, sonriendo, con algo que le brillaba en la mano derecha. Le palmeó la mejilla e hizo una seña a alguien parado atrás.

Como sueño era curioso porque estaba lleno de olores y él nunca soñaba olores. Primero un olor a pantano, ya que a la izquierda de la calzada empezaban las marismas, los tembladerales de donde no volvía nadie. Pero el olor cesó, y en cambio vino una fragancia compuesta y oscura como la noche en que se movía huyendo de los aztecas. Y todo era tan natural, tenía que huir de los aztecas que andaban a caza de hombre, y su única probabilidad era la de esconderse en lo más denso de la selva, cuidando de no apartarse de la estrecha calzada que sólo ellos, los motecas, conocían.

Lo que más lo torturaba era el olor, como si aun en la absoluta aceptación del sueño algo se revelara contra eso que no era habitual, que hasta entonces no había participado del juego. "Huele a guerra", pensó, tocando instintivamente el puñal de piedra atravesado en su ceñidor de lana tejida. Un sonido inesperado lo hizo agacharse y quedar inmóvil, temblando. Tener miedo no era extraño, en sus sueños abundaba el miedo. Esperó, tapado por las ramas de un arbusto y la noche sin estrellas. Muy lejos, probablemente del otro lado del gran lago, debían estar ardiendo fuegos de vivac; un resplandor rojizo teñía esa parte del cielo. El sonido no se repitió. Había sido como una rama quebrada. Tal vez un animal que escapaba como él del olor a guerra. Se enderezó despacio, venteando. No se oía nada, pero el miedo seguía allí como el olor, ese incienso dulzón de la guerra florida. Había que seguir, llegar al corazón de la selva evitando las ciénagas. A tientas, agachándose a cada instante para tocar el suelo más duro de la calzada, dio algunos pasos. Hubiera querido echar a correr, pero los tembladerales palpitaban a su lado. En el sendero en tinieblas, buscó el rumbo. Entonces sintió una bocanada del olor que más temía, y saltó desesperado hacia adelante.

-Se va a caer de la cama -dijo el enfermo de la cama de al lado-. No brinque tanto, amigazo.
Abrió los ojos y era de tarde, con el sol ya bajo en los ventanales de la larga sala. Mientras trataba de sonreír a su vecino, se despegó casi físicamente de la última visión de la pesadilla. El brazo, enyesado, colgaba de un aparato con pesas y poleas. Sintió sed, como si hubiera estado corriendo kilómetros, pero no querían darle mucha agua, apenas para mojarse los labios y hacer un buche. La fiebre lo iba ganando despacio y hubiera podido dormirse otra vez, pero saboreaba el placer de quedarse despierto, entornados los ojos, escuchando el diálogo de los otros enfermos, respondiendo de cuando en cuando a alguna pregunta. Vio llegar un carrito blanco que pusieron al lado de su cama, una enfermera rubia le frotó con alcohol la cara anterior del muslo, y le clavó una gruesa aguja conectada con un tubo que subía hasta un frasco lleno de líquido opalino. Un médico joven vino con un aparato de metal y cuero que le ajustó al brazo sano para verificar alguna cosa. Caía la noche, y la fiebre lo iba arrastrando blandamente a un estado donde las cosas tenían un relieve como de gemelos de teatro, eran reales y dulces y a la vez ligeramente repugnantes; como estar viendo una película aburrida y pensar que sin embargo en la calle es peor; y quedarse.

Vino una taza de maravilloso caldo de oro oliendo a puerro, a apio, a perejil. Un trozito de pan, más precioso que todo un banquete, se fue desmigajando poco a poco. El brazo no le dolía nada y solamente en la ceja, donde lo habían suturado, chirriaba a veces una punzada caliente y rápida. Cuando los ventanales de enfrente viraron a manchas de un azul oscuro, pensó que no iba a ser difícil dormirse. Un poco incómodo, de espaldas, pero al pasarse la lengua por los labios resecos y calientes sintió el sabor del caldo, y suspiró de felicidad, abandonándose.

Primero fue una confusión, un atraer hacia sí todas las sensaciones por un instante embotadas o confundidas. Comprendía que estaba corriendo en plena oscuridad, aunque arriba el cielo cruzado de copas de árboles era menos negro que el resto. "La calzada", pensó. "Me salí de la calzada." Sus pies se hundían en un colchón de hojas y barro, y ya no podía dar un paso sin que las ramas de los arbustos le azotaran el torso y las piernas. Jadeante, sabiéndose acorralado a pesar de la oscuridad y el silencio, se agachó para escuchar. Tal vez la calzada estaba cerca, con la primera luz del día iba a verla otra vez. Nada podía ayudarlo ahora a encontrarla. La mano que sin saberlo él aferraba el mango del puñal, subió como un escorpión de los pantanos hasta su cuello, donde colgaba el amuleto protector. Moviendo apenas los labios musitó la plegaria del maíz que trae las lunas felices, y la súplica a la Muy Alta, a la dispensadora de los bienes motecas. Pero sentía al mismo tiempo que los tobillos se le estaban hundiendo despacio en el barro, y la espera en la oscuridad del chaparral desconocido se le hacía insoportable. La guerra florida había empezado con la luna y llevaba ya tres días y tres noches. Si conseguía refugiarse en lo profundo de la selva, abandonando la calzada más allá de la región de las ciénagas, quizá los guerreros no le siguieran el rastro. Pensó en la cantidad de prisioneros que ya habrían hecho. Pero la cantidad no contaba, sino el tiempo sagrado. La caza continuaría hasta que los sacerdotes dieran la señal del regreso. Todo tenía su número y su fin, y él estaba dentro del tiempo sagrado, del otro lado de los cazadores.

Oyó los gritos y se enderezó de un salto, puñal en mano. Como si el cielo se incendiara en el horizonte, vio antorchas moviéndose entre las ramas, muy cerca. El olor a guerra era insoportable, y cuando el primer enemigo le saltó al cuello casi sintió placer en hundirle la hoja de piedra en pleno pecho. Ya lo rodeaban las luces y los gritos alegres. Alcanzó a cortar el aire una o dos veces, y entonces una soga lo atrapó desde atrás.
-Es la fiebre -dijo el de la cama de al lado-. A mí me pasaba igual cuando me operé del duodeno. Tome agua y va a ver que duerme bien.
Al lado de la noche de donde volvía, la penumbra tibia de la sala le pareció deliciosa. Una lámpara violeta velaba en lo alto de la pared del fondo como un ojo protector. Se oía toser, respirar fuerte, a veces un diálogo en voz baja. Todo era grato y seguro, sin acoso, sin... Pero no quería seguir pensando en la pesadilla. Había tantas cosas en qué entretenerse. Se puso a mirar el yeso del brazo, las poleas que tan cómodamente se lo sostenían en el aire. Le habían puesto una botella de agua mineral en la mesa de noche. Bebió del gollete, golosamente. Distinguía ahora las formas de la sala, las treinta camas, los armarios con vitrinas. Ya no debía tener tanta fiebre, sentía fresca la cara. La ceja le dolía apenas, como un recuerdo. Se vio otra vez saliendo del hotel, sacando la moto. ¿Quién hubiera pensado que la cosa iba a acabar así? Trataba de fijar el momento del accidente, y le dio rabia advertir que había ahí como un hueco, un vacío que no alcanzaba a rellenar. Entre el choque y el momento en que lo habían levantado del suelo, un desmayo o lo que fuera no le dejaba ver nada. Y al mismo tiempo tenía la sensación de que ese hueco, esa nada, había durado una eternidad. No, ni siquiera tiempo, más bien como si en ese hueco él hubiera pasado a través de algo o recorrido distancias inmensas. El choque, el golpe brutal contra el pavimento. De todas maneras al salir del pozo negro había sentido casi un alivio mientras los hombres lo alzaban del suelo. Con el dolor del brazo roto, la sangre de la ceja partida, la contusión en la rodilla; con todo eso, un alivio al volver al día y sentirse sostenido y auxiliado. Y era raro. Le preguntaría alguna vez al médico de la oficina. Ahora volvía a ganarlo el sueño, a tirarlo despacio hacia abajo. La almohada era tan blanda, y en su garganta afiebrada la frescura del agua mineral. Quizá pudiera descansar de veras, sin las malditas pesadillas. La luz violeta de la lámpara en lo alto se iba apagando poco a poco.

Como dormía de espaldas, no lo sorprendió la posición en que volvía a reconocerse, pero en cambio el olor a humedad, a piedra rezumante de filtraciones, le cerró la garganta y lo obligó a comprender. Inútil abrir los ojos y mirar en todas direcciones; lo envolvía una oscuridad absoluta. Quiso enderezarse y sintió las sogas en las muñecas y los tobillos. Estaba estaqueado en el piso, en un suelo de lajas helado y húmedo. El frío le ganaba la espalda desnuda, las piernas. Con el mentón buscó torpemente el contacto con su amuleto, y supo que se lo habían arrancado. Ahora estaba perdido, ninguna plegaria podía salvarlo del final. Lejanamente, como filtrándose entre las piedras del calabozo, oyó los atabales de la fiesta. Lo habían traído al teocalli, estaba en las mazmorras del templo a la espera de su turno.

Oyó gritar, un grito ronco que rebotaba en las paredes. Otro grito, acabando en un quejido. Era él que gritaba en las tinieblas, gritaba porque estaba vivo, todo su cuerpo se defendía con el grito de lo que iba a venir, del final inevitable. Pensó en sus compañeros que llenarían otras mazmorras, y en los que ascendían ya los peldaños del sacrificio. Gritó de nuevo sofocadamente, casi no podía abrir la boca, tenía las mandíbulas agarrotadas y a la vez como si fueran de goma y se abrieran lentamente, con un esfuerzo interminable. El chirriar de los cerrojos lo sacudió como un látigo. Convulso, retorciéndose, luchó por zafarse de las cuerdas que se le hundían en la carne. Su brazo derecho, el más fuerte, tiraba hasta que el dolor se hizo intolerable y hubo que ceder. Vio abrirse la doble puerta, y el olor de las antorchas le llegó antes que la luz. Apenas ceñidos con el taparrabos de la ceremonia, los acólitos de los sacerdotes se le acercaron mirándolo con desprecio. Las luces se reflejaban en los torsos sudados, en el pelo negro lleno de plumas. Cedieron las sogas, y en su lugar lo aferraron manos calientes, duras como el bronce; se sintió alzado, siempre boca arriba, tironeado por los cuatro acólitos que lo llevaban por el pasadizo. Los portadores de antorchas iban adelante, alumbrando vagamente el corredor de paredes mojadas y techo tan bajo que los acólitos debían agachar la cabeza. Ahora lo llevaban, lo llevaban, era el final. Boca arriba, a un metro del techo de roca viva que por momentos se iluminaba con un reflejo de antorcha. Cuando en vez del techo nacieran las estrellas y se alzara ante él la escalinata incendiada de gritos y danzas, sería el fin. El pasadizo no acababa nunca, pero ya iba a acabar, de repente olería el aire libre lleno de estrellas, pero todavía no, andaban llevándolo sin fin en la penumbra roja, tironeándolo brutalmente, y él no quería, pero cómo impedirlo si le habían arrancado el amuleto que era su verdadero corazón, el centro de la vida.

Salió de un brinco a la noche del hospital, al alto cielo raso dulce, a la sombra blanda que lo rodeaba. Pensó que debía haber gritado, pero sus vecinos dormían callados. En la mesa de noche, la botella de agua tenía algo de burbuja, de imagen traslúcida contra la sombra azulada de los ventanales. Jadeó buscando el alivio de los pulmones, el olvido de esas imágenes que seguían pegadas a sus párpados. Cada vez que cerraba los ojos las veía formarse instantáneamente, y se enderezaba aterrado pero gozando a la vez del saber que ahora estaba despierto, que la vigilia lo protegía, que pronto iba a amanecer, con el buen sueño profundo que se tiene a esa hora, sin imágenes, sin nada... Le costaba mantener los ojos abiertos, la modorra era más fuerte que él. Hizo un último esfuerzo, con la mano sana esbozó un gesto hacia la botella de agua; no llegó a tomarla, sus dedos se cerraron en un vacío otra vez negro, y el pasadizo seguía interminable, roca tras roca, con súbitas fulguraciones rojizas, y él boca arriba gimió apagadamente porque el techo iba a acabarse, subía, abriéndose como una boca de sombra, y los acólitos se enderezaban y de la altura una luna menguante le cayó en la cara donde los ojos no querían verla, desesperadamente se cerraban y abrían buscando pasar al otro lado, descubrir de nuevo el cielo raso protector de la sala. Y cada vez que se abrían era la noche y la luna mientras lo subían por la escalinata, ahora con la cabeza colgando hacia abajo, y en lo alto estaban las hogueras, las rojas columnas de rojo perfumado, y de golpe vio la piedra roja, brillante de sangre que chorreaba, y el vaivén de los pies del sacrificado, que arrastraban para tirarlo rodando por las escalinatas del norte. Con una última esperanza apretó los párpados, gimiendo por despertar. Durante un segundo creyó que lo lograría, porque estaba otra vez inmóvil en la cama, a salvo del balanceo cabeza abajo. Pero olía a muerte y cuando abrió los ojos vio la figura ensangrentada del sacrificador que venía hacia él con el cuchillo de piedra en la mano. Alcanzó a cerrar otra vez los párpados, aunque ahora sabía que no iba a despertarse, que estaba despierto, que el sueño maravilloso había sido el otro, absurdo como todos los sueños; un sueño en el que había andado por extrañas avenidas de una ciudad asombrosa, con luces verdes y rojas que ardían sin llama ni humo, con un enorme insecto de metal que zumbaba bajo sus piernas. En la mentira infinita de ese sueño también lo habían alzado del suelo, también alguien se le había acercado con un cuchillo en la mano, a él tendido boca arriba, a él boca arriba con los ojos cerrados entre las hogueras.