sábado, 25 de abril de 2015

Arlt y las heridas abiertas (El juguete rabioso)





Cuando cumplí los quince años, cierto atardecer mi madre me dijo:
— Silvio, es necesario que trabajes.
Yo que leía un libro junto a la mesa, levanté los ojos mirándola con rencor. Pensé: trabajar, siempre trabajar. Pero no contesté.
Ella estaba de pie frente a la ventana. Azulada claridad crespuscular incidía en sus cabellos emblanquecidos, en la frente amarilla, rayada de arrugas, y me miraba oblicuamente, entre disgustada y compadecida, y yo evitaba encontrar sus ojos.
Insistió comprendiendo la agresividad de mi silencio.
—Tenés que trabajar, ¿entendés? Tú no quisiste estudiar. Yo no te puedo mantener. Es necesario que trabajes.
Al hablar apenas movía los labios, delgados como dos tablitas. Escondía las manos en los pliegues del chal negro que modelaba su pequeño busto de hombros caídos.
— Tenés que trabajar, Silvio.
— ¿Trabajar, trabajar de qué? Por Dios... ¿Qué quiere que haga?... ¿que fabrique el empleo...? Bien sabe usted que he buscado trabajo.
Hablaba estremecido de coraje; rencor a sus palabras tercas, odio a la indiferencia del mundo, a la miseria acosadora de todos los días, y al mismo tiempo una pena innominable: la certeza de la propia inutilidad.
Más ella insistía como si fueran ésas sus únicas palabras.
— ¿De qué?... a ver ¿de qué?

Maquinalmente se acercó a la ventana, y con un movimiento nervioso arregló las arrugas de la cortina. Como si le costara trabajo decirlo:
— En La Prensa siempre piden...
— Sí, piden lavacopas, peones... ¿quiere que vaya de lavacopas?
— No, pero tenes que trabajar. Lo poco que ha quedado alcanza para que termine Lila de estudiar. Nada más. ¿Qué querés que haga?

Bajo la orla de la saya enseñó un botín descalabrado y dijo:

— Mira qué botines. Lila para no gastar en libros tiene que ir todos los días a la biblioteca. ¿Qué querés que haga, hijo?

Ahora su voz era de tribulación. Un surco oscuro le hendía la frente desde el ceño hasta la raíz de los cabellos, y casi le temblaban los labios.

— Está bien, mamá, voy a trabajar.

Cuánta desolación. La claridad azul remachaba en el alma la monotonía de toda nuestra vida, cavilaba hedionda, taciturna.

Desde afuera oíase el canto triste de una rueda de niños:
La torre en guardia.
La torre en guardia.
La quiero conquistar.

Suspiró en voz baja.
— Qué más quisiera que pudieras estudiar.
— Eso no vale nada.
— El día que Lila se reciba...

La voz era mansa, con tedio de pena.

Habíase sentado junto a la máquina de coser, y en el perfil, bajo la fina línea de la ceja, el ojo era un cuévano de sombra con una chispa blanca y triste. Su pobre espalda encorvada, y la claridad azul en la lisura de los cabellos dejaba cierta claridad de témpano.

— Cuando pienso... — murmuró.
— ¿Estás triste, mamá?
— No — contestó.

De pronto:

— ¿Quieres que lo hable al señor Naidath? Puedes aprender a ser decorador. ¿No te gusta el oficio?
— Es igual.
— Sin embargo, ganan mucho dinero.

Me sentí impulsado a levantarme, a cogerla de los hombros y zamarrearla, gritándole en las orejas:
"¡No hable de dinero, mamá, por favor...! ¡No hable... cállese...!"

Estábamos allí, inmóviles de angustia. Afuera la ronda de chicos aún cantaba con melodía triste:
La torre en guardia.
La torre en guardia.
La quiero conquistar.

Pensé:
"Y así es la vida, y cuando yo sea grande y tenga un hijo, le diré: 'Tenes que trabajar. Yo no te puedo mantener.' "Así es la vida. Un ramalazo de frío me sacudía en la silla.

Ahora, mirándola, observando su cuerpo tan mezquino, se me llenó el corazón de pena.

Creía verla fuera del tiempo y del espacio, en un paisaje sequizo, la llanura parda y el cielo metálico de tan azul. Yo era tan pequeño que ni caminar podía, y ella flagelada por las sombras, angustiadísima, caminaba a la orilla de los caminos, llevándome en sus brazos, calentándome las rodillas con el pecho, estrechando todo mi cuerpecito contra su cuerpo mezquino, y pedía a las gentes para mí, y mientras me daba el pecho, un calor de sollozo le secaba la boca, y de su boca hambrienta se quitaba el pan para mi boca, y de sus noches el sueño para atender a mis quejas, y con los ojos resplandecientes, con su cuerpo vestido de míseras ropas, tan pequeña y tan triste, se abría como un velo para cobijar mi sueño.

¡Pobre mamá! Y hubiera querido abrazarla, hacerle inclinar la emblanquecida cabeza en mi pecho, pedirle perdón de mis palabras duras, y de pronto, en el prolongado silencio que guardábamos, le dije con voz vibrante:
— Sí, voy a trabajar, mamá. 

EC

lunes, 23 de marzo de 2015

A 45 años de SiTraC-SiTraM (reposteo propio)


Eduardo Castilla
Hace dos días se cumplieron 45 años del inicio de ese gran proceso que fue el clasismo cordobés de SiTrac-SitraM. Republicamos dos artículos que escribimos sobre ese proceso, tratando de pensar nuevamente sus lecciones estratégicas. 
La foto pertenece al muy buen libro de Carlos Mignon, Córdoba obrera. El Sindicato en la fábrica 1968-1973


Clasismo, lucha de clases e izquierda. Notas sobre la experiencia de SiTraC-SiTraM (1º parte)

 

Clasismo, control obrero y doble poder. Notas sobre la experiencia de SiTraC-SiTraM (2º parte)



sábado, 21 de marzo de 2015

A lo sumo me pondré triste



A lo sumo me pondré triste le escribió. Sin saber muy bien que le quería decir con eso. Si la tristeza es algo que no se comprende en el sentido abstracto del término. ¿Se puede sentir tristeza por anticipado? Difícil responder, pero es seguro que no. Se puede sentir que se está fracasando, no logrando aquello que se desea. Pero sentir tristeza por algo que no pasó, no tiene sentido. Es una verdadera ridiculez. Es como sentir frío por un invierno que no llegó.
En todo caso la tristeza se siente en el momento. Se siente cuando ya se sabe que aquello que debiera ocurrir y que ya ocurrió en sueño, en fantasías, en el deseo, en la conciencia y también en la parte de la conciencia que nunca sale, que se hace la estúpida para aflorar. Esa parte que no se sabe donde está pero que viene y te pega en la nuca y a vos te dan ganas de correrla por toda la casa y pegarle con el palo de la escoba.
Bueno, eso ya no es. Por eso estás triste y podés saber que lo vas a estar y podés prever tu tristeza. Prever es dirigir dicen por ahí
Uno puede dirigir entonces la tristeza. ¿Hacia donde? ¿Por qué caminos?
No tiene importancia. La mayoría de las veces la que dirige es la tristeza misma. Es la que te dice adonde vas y porque vas y como vas. Así que hay que dejarse de joder

Como te gusta perder el tiempo pensando semejante sarta de boludeces-me contestó. A vos te parece que tiene sentido discutir si hay tristeza por adelantado, a plazo fijo, en cuotas o por reembolsos. A vos te parece que en semejante cabeza, haya espacio para pensar tantas pero tanta pavadas. O pelotudeces. Elegí vos el término. A mí me es indistinto. El término es un acuerdo formal entre partes pero vos entendés que te quiero decir que sos un tarado.

Sí, lo sé. Yo también pienso que se puede ser un tarado triste. En todo caso es mi taradez. No la tengo que compartir con vos, me la guardo. Compró un cajoncito para guardar taradeces. Tengo muchas. Voy a tener que conseguir otro, a lo mejor una cómoda. Una con muchos cajoncitos para guardar todo tipo de taradeces. Podemos encargarla. Con cajones más grandes para las taradeces colectivas que hay muchas. Con una base de madera más o menos robusta porque hay taradeces que son verdaderamente pesadas, que además perduran en el tiempo y que hay que tener donde guardarlas. No se pueden desechar porque si se tiran va algún boludo, las encuentra y las empieza a hacer de nuevo. A esas les ponemos candado. Anotá: cajón grande con candado.

En los otros cajones podemos poner las más chiquitas, esas que son taradecitas. No sé si se escribe así o si la palabra existe. Lo que es importante es que hay taradeces que no tienen casi sustancia, que las podemos dejar encima de la cómoda porque no molestan porque hay que ser muy tarado para volver a repetirlas.
Dejemos que esas taradeces sean libres, que vaguen por la casa. Que se pongan a jugar con la perra. Si las muerden que se jodan por taradas.

No traje plata-me dijo. Con que compramos los cajones. ¿Hacen falta? ¿Podemos usar las bolsas? ¿Tenemos que guardarlas? Si las podemos tirar todas por el balcón. Las taradeces no pesan-me insistió. No se le va a caer a nadie de un piso 12 y no lo va a lastimar. A lo sumo, cuando llegue abajo la taradez, el que justo esté pasando sentirá una especie de incomodidad, de malhumor, de frío en el cuerpo o calor.
Pero deja de joder con lo de la cómoda. 
EC



viernes, 20 de marzo de 2015

En la piel (a Natalia Gaitán)



Esto lo escribí hace mucho tiempo. No recuerdo si el blog exitía. Si el blog existía no recuerdo los motivos por los que no lo publiqué. Encontré el archivo original buceando la compu, casi sin querer. 
Hace pocos días se cumplieron  5 años de su asesinato. Va este texto como modesto recordatorio y homenaje.

EC





La idea de la catarsis viene a la mente.  Ya hay demasiadas cuentas hechas, demasiados papeles que llenar, que unir, que corregir. Lo único que hay de cierto en todo esto es que una vorágine de cosas. Cuando uno empezó a pensar que estaba liquidado, todo empieza de nuevo. Es como un remolino que no parece no tener ni inicio ni fin. Que sólo sigue y sigue y en algún momento vuelva a empezar
Son difíciles las metáforas a esta altura del año.  A esta altura de la vida uno se pregunta si tiene sentido incluso este ejercicio de sentarse a escribir delante de una PC para descargar la tensión existente. Si tendría más sentido malgastar el tiempo de otra forma, o por el contrario, si lo está malgastando ahora.
Se pregunta y se repregunta. ¿No debo hacer otra cosa? ¿Es éste el sentido de estar acá sentado? ¿No estoy, por casualidad haciendo escapismo como decían allá por los años setenta esos grupos realmente delirantes que creían que se podía tomar el cielo por asalto sin haberle movido el piso a Dios. Porque el cielo está terriblemente fortificado. Por las almas, por las conciencias. Hay una enorme cantidad de casamatas como diría el gran Antonio, esperando ser recuperadas o barridas.
Por ahí se va al cielo. Pero para ir hacia allá es preciso ganar acá. No se puede asaltar sin armas. Pero que se puede asaltar, se puede asaltar.
Como el remolino volvemos al principio. Seguimos sin ideas, sin objetivos, sin nada que se pueda comparar con la soberana necesidad e expresa algo. De decir algo que se trae adentro.
Pero ese algo está.
Es imposible silenciarlo. Salta cuando lees el diario. Sale en forma de gotas. Son lágrimas para más detalles. Se nota que son lágrimas y no cansancio porque son las diez de la mañana. Dormiste muchas horas. No tenés porque tener cansancio. Son lágrimas que surgen de lo profundo. Que vienen haciendo fuerza, que van profanando la coraza. Partiéndola de a poquito. Que se estrellan contra el muro y de a poco la van socavando, pero que es difícil que puedan aflorar con toda la fuerza del mundo.
Son las diez, ya lo dije. Es el diario, ya lo conté. Se llamaba Natalia, le decían y le gustaba que le dijeran la Pepa. Como dice el diario se sentía orgullosa. En un mundo de mierda que te parte en pedazos a cada rato, que te pega la cabeza contra la pared, ella sentía orgullo. Y se nota que se dio la cabeza contra la pared. Que se la dieron. Y ahí surge la pregunta y viene humedad porque la pregunta viene con las lágrimas.
¿Cómo es estar en su piel? ¿Se puede saber? Se intenta pensarlo  ¿Se puede racionalizarlo? Se puede incluso intentar escribir como sería estar en su piel. Pero es completa falopa. Tal vez lo pueden hacer otros y otras. Es difícil desde acá. La otredad no es el fuerte de uno.
Pero es difícil no empezar aunque sea a sentirlo un poquito. No imaginarse por momentos cara a cara con la muerte sólo por estar con la persona que se ama. Solo por ser “distinta”, por no encajar. Por no ser como ellos quieren, como todos quieren, como nosotros alguna vez queremos ser. Como nos enseñan  a que debemos querer ser.
Y es imposible que no dé una bronca violenta. Que no te den ganas de reventar a patadas el monitor o la mesa. O la cabeza del tipo que la mató.
Eso es empezar a sentirse un poquito como la Pepa
Y no es una piel. Son muchas. Es la piel de ser mujer y no serlo. Es la piel de ser pobre y serlo. Es la piel de ser rechazada y serlo. Es la piel indefensa porque todo alrededor es un campo de espinas. Y las espinas no sólo cortan sino que queman. Es ir a cada paso viendo como todo lo que uno es no es para los demás. Es el dolor de los sentidos siendo golpeados por cada puerta que se cierra, por cada mirada que se aparta, por cada sonrisa burlona, por cada gesto de repugnancia, por cada insulto, por cada silencio que insulta. Por cada golpe, por cada grito, por cada carcajada, por cada
Y es el silencio lo que sale. El silencio de la muerte. Y el silencio de la vida. Tenía 27 años. Era pura vida. Cuando uno no puede seguir escribiendo o cuando hay silencios, a veces, se usan los puntos suspensivos. Pero esas son las reglas. Acá paramos, lloramos, y seguimos.
A veces unas pieles pueden ayudar a otras. La piel se te hace gruesa de los golpes. De los arañazos. Del polvo de Parque Liceo que sigue tan pobre como hace diez años. De los perdigones de la escopeta que siguen tan mortales como hace cien años, del odio de la gente que sigue tan de mierda como hace 1000 años.
Pero sólo el odio puede vencer al odio. Sigo odiando. Cada día más.