lunes, 17 de julio de 2017

Apuntes sobre la batalla de PepsiCo, la lucha de clases y el trotskismo en Argentina


La batalla de PepsiCo abrió, hasta cierto punto, un escenario novedoso en la política nacional. Mostró la disposición de una fracción de la clase trabajadora al combate, estrechamente ligada a la izquierda trotskista. Lo hizo influenciando abiertamente sobre amplias franjas del progresismo y el kirchnerismo, que tienen la contradicción de estar representadas por una dirección política pequeño-burguesa que rehúye el combate de manera constante.  

En la reunión del plenario de solidaridad de PepsiCo, Eduardo Jozami, que fue o es parte del espacio Carta Abierta, dijo que ahí se forjaba parte de la posibilidad de empezar a desandar el camino del ajuste que venía impulsando el Gobierno. El legislador presente de Nuevo Encuentro planteó algo que iba en el mismo sentido. Pareciera como si PepsiCo pudiera ser una suerte de bisagra para estos sectores.

Esa mirada implica que, hasta cierto punto, es una fracción de la clase trabajadora y el trotskismo, la que “encabeza” la resistencia al ajuste macrista. En cierto sentido, muestra la potencialidad que éste tiene para volverse una corriente de peso en esa resistencia.

La lucha de clases en los próximos años es casi una cuestión objetiva. Lo evidencia el mismo programa del macrismo como expresión concentrada de la política del conjunto del capital, que es avanzar sobre las condiciones de vida de la clase trabajadora.

Desde el peronismo en adelante, la izquierda trotskista argentina fue incapaz de hacer una corriente con fuerza propia, capaz de sostenerse con una posición independiente. Alternó entre ser una secta con un “programa correcto” (que muchas veces tampoco era tan correcto) y una corriente que se adaptaba a todas las modas políticas e ideológicas.

En ese marco, el trotskismo no puedo emerger en los años 70 como fuerza de peso en la vanguardia porqué le cedió a las dos oleadas de corrientes con estrategias opuestas por el vértice a los métodos de organización independiente de la clase trabajadora. Al populismo guerrillerista, cuyo método era ser de ultraizquierda para imponer una política de conciliación de clases, y al peronismo de izquierda como corriente política con influencia de masas que militaba el terreno de la lucha sindical, al tiempo que imponía un férreo límite en el terreno político, al sostener la conciliación con las fracciones mercado-internistas del capital y, más precisamente, tener una política de “presionar” sobre Perón.

El morenismo, la corriente de mayor peso en ese período, cedió a ambos parcialmente, en condiciones más que difíciles como para hacer un polo propio. Se puede leer un balance ampliamente desarrollado en Insurgencia Obrera.

Toda época tiene sus condiciones profundamente contradictorias. Si los años 70 fueron los años de una radicalidad enorme desde el punto de vista de las acciones y, en gran parte, de la conciencia, al mismo tiempo fueron los de una subjetividad moldeada por poderosos aparatos políticos como el peronismo y el stalinismo.

La nuestra es una época con aparatos “desgastados” y en gran parte corrompidos. Eso no quiere decir que no pueden actuar por la coacción y la represión, pero su capacidad de conseguir consenso y “convencer” es infinitamente menor a la de aquellos años.

Si la burocracia sindical de los años 70 era brutalmente totalitaria, al mismo tiempo estaba apañada en el “espíritu” de ser parte del movimiento que Perón continuaba reciclando. No ocurre lo mismo en la actualidad, donde es una casta desprestigiada, completamente ajena y separada de la única figura de masas con alguna raigambre popular, que es CFK.

Pero si uno mira al kirchnerismo, también tiene enormes limitaciones. Si la izquierda peronista podía ser un factor de fuerza capaz de construir un espacio de “contrapoder” al interior de ese movimiento y proponerse buscar disputar su dirección, eso se debía en parte  las condiciones de radicalidad y en parte a ser los voceros más combativos del propio Perón, que supo utilizarlos con destreza política.

Nada de eso ocurre con el kirchnerismo y con Cristina que tiene sus propias limitaciones estructurales como para imponer su hegemonía. No es la creadora de un nuevo status o ciudadanía para el movimiento obrero o para sectores populares. Los enormes límites de su arraigo en sectores de masas tienen que ver con que continuó el trabajo en negro, precario, impuestos al salario y un largo etcétera. No fue ni por asomo algo parecido a las conquistas obtenidas por el primer peronismo. Ahí radica el primer aspecto. No hay nadie que “dé la vida” por Cristina.

En segundo lugar, en términos de política más coyuntural, la misma Cristina se ofrece de manera permanente como una figura moderada y moderadora. Lo último fue el pedido de levantar la marcha por San Cayetano.

La “elección populista” que ahora critican todos de ir por fuera del peronismo es repetir el 2011 solo hasta cierto punto. Ese giro implicaba radicalizar el discurso para construir un movimiento propio, fortaleciendo su propia camarilla, aun a riesgo de “desafiar” hasta cierto punto al sector más poderoso del capital. El momento actual es de una subordinación completa al capital hasta en la forma. El “movimiento ciudadano” busca atenuar cualquier contradicción y antagonismo. Hasta el mecanismo de la “política agonística” (conflicto sin antagonismo irreductible) queda fuera de escena.

En ese marco, el trotskismo puede cobrar una fuerza importante como factor actuante en la escena política nacional. No hablamos solo en términos de espacios políticos, sino en términos de lucha de clases.

En términos políticos lo es, pero no al punto de poder ser un factor actuante más que en determinadas cuestiones. En el Congreso Nacional el dietazo fue una, sobre la base de un fenómeno profundo con arraigo de masas, que es el desprestigio de la casta política. Pero aun es, esencialmente, una organización política de denuncia, todavía débil para impugnar la política burguesa.

En términos de lucha de clases puede ser la corriente que empiece a ganar peso sobre la vanguardia obrera y popular en la medida en que se desarrollen tensiones más abiertas en la lucha de clases. Que el Gobierno y la patronal avancen dando golpes para cambiar la relación de fuerzas no quiere decir que esta puede ceder hacia la derecha sin grandes tensiones y crisis políticas en el medio.

¿Puede ser el trotskismo la corriente que tenga un peso central en la vanguardia obrera, popular y juvenil de los próximos años? Una pregunta a hacerse. 

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