lunes, 8 de octubre de 2012

El motín militar y la política de los revolucionarios




Por Paula Schaller y Eduardo Castilla

La crisis abierta por el motín de Prefectura y Gendarmería, al que se sumaron sectores de otras fuerzas represivas, lleva ya 6 días. Increíblemente, aunque parezca (y sea) un contrasentido, sectores de la izquierda salieron a apoyar el reclamo militar, rechazando el “ajuste” del gobierno. Pero, como dijo el amigo Dal Maso, la forma no debe opacar el contenido: esto no es un huelga, del mismo modo que un lock-out no es un paro.
Se trata de un motín dentro del aparato del Estado burgués, de una de sus instituciones centrales, la que reviste el monopolio de la violencia de una clase sobre el resto. No es una acción de la clase obrera aunque, formalmente, el gendarme o el prefecto cobren un salario por su labor. Precisamente, como señala Trotsky El hecho de que los policías hayan sido elegidos en una parte importante entre los obreros socialdemócratas no quiere decir absolutamente nada. Aquí, una vez más, es la existencia la que determina la conciencia. El obrero, convertido en policía al servicio del Estado capitalista, es un policía burgués y no un obrero.
Esto, que debiera ser una cuestión de manual para quién se reivindica marxista, es dejado de lado por gran parte de la izquierda, que busca desesperadamente alguna aparición política alrededor de los fenómenos que imponen la agenda, haciendo fetichismo de los mismos sin importar que su contenido social y político sea reaccionario, como los cacerolazos de hace semanas y el motín militar por estas horas.
No toda acción de masas tiene carácter progresivo, sino que es preciso medirla desde el ángulo de su aporte a la independencia política de los trabajadores y al desarrollo de la lucha de clases en general, es decir, desde la perspectiva de la estrategia revolucionaria. Recordemos que el general prusiano Karl von Clausewitz planteaba que el primer acto del juicio, el más importante y decisivo que practica un estadista y general en jefe, es el conocer la guerra que emprende () el que no la confunda o la quiera hacer algo que sea imposible por la naturaleza de las circunstancias ()  Este es el primero y más general de todos los problemas estratégicos.
Este principio es el mismo que debemos aplicar para orientarnos en la lucha de clases: lo más importante es no confundir, ni por un instante, la naturaleza de la misma lo que implica, en términos políticos, no confundir nunca nuestras banderas con las de la burguesía y su Estado.

El fetichismo de la ruptura de la cadena de mando: lucha de clases y descomposición del Ejército burgués

Trotsky señala que el Ejército (y las fuerzas represivas en su conjunto, podríamos agregar) expresa de manera concentrada la estructura social de un país. Si históricamente los sectores bajos del Ejército en nuestro país se reclutaron entre sectores socialmente plebeyos, esta tendencia se ha profundizado en las últimas décadas, producto de los efectos de la dictadura y los gobiernos de la democracia burguesa que arrasaron parte importante de las conquistas de la clase trabajadora, sometiendo a las masas a las fluctuaciones brutales del ciclo económico (hiperinflación e hiperdesocupación) empobreciendo a millones estructuralmente. Resulta lógico así que la extracción social de una parte importante de las fuerzas represivas sea de sectores plebeyos de la población, que encuentran en las FFAA y las Fuerzas de Seguridad una salida laboral, como bien lo expresa el amigo Demian.
Pero sería un crimen de “leso mecanicismo” desprender, de esta composición social, el pasaje “automático” de esos sectores al campo de los trabajadores y el pueblo por el sólo hecho de protagonizar una protesta reivindicativa. Este proceso, muy al contrario, es sumamente complejo y se desarrolla mediante saltos cualitativos, dado que las fuerzas represivas están entre las instituciones más conservadoras de una nación.
En Historia de la Revolución Rusa, Trotsky señala que “el ejército no se pasa nunca al lado de los revolucionarios por propio impulso, ni por obra de la agitación exclusivamente. El ejército es un conglomerado, y sus elementos antagónicos están atados por el terror de la disciplina (…) los soldados, en su gran mayoría, se sienten tanto más capaces de desenvainar sus bayonetas y de ponerse con ellas al lado del pueblo, cuanto más persuadidos están de que los sublevados lo son efectivamente, de que no se trata de un simple simulacro, después del cual habrán de volver al cuartel y responder de los hechos, de que es efectivamente la lucha en que se juega el todo por el todo (…) los revolucionarios sólo pueden provocar el cambio de moral de los soldados en el caso de que estén realmente dispuestos a conseguir el triunfo a cualquier precio, e incluso al precio de su sangre”. Trotsky describe aquí un ejército formado en base a la leva masiva y el reclutamiento obligatorio, de composición social centralmente campesina; no de fuerzas represivas profesionales como las que están amotinadas. Sin embargo, el método conserva su validez en tanto permite evaluar la dinámica y la relación entre la “rebelión” de los represores y los intereses del conjunto de las masas trabajadoras. La experiencia histórica evidencia que la lucha de clases aguda es precondición necesaria para que la descomposición de las fuerzas represivas no dé lugar a salidas reaccionarias.
Analizando la relación orgánica entre la ruptura de la disciplina al interior del ejército burgués y la marcha del ascenso revolucionario ruso, Trotsky plantea El nuevo régimen no fue implantado en el ejército por medio de medidas reflexivas aplicadas desde arriba, sino por movimientos impulsivos desde abajo. La autoridad disciplinaria de los oficiales no fue abolida, sino que se hundió sencillamente por sí misma en las primeras semanas de marzo. ´Era evidente -dice el jefe del Estado Mayor del mar Negro- que si un oficial hubiera intentado imponer una sanción disciplinaria al marinero, no habría tenido fuerzas para llevar a la práctica el castigo.´ En eso consiste uno de los signos de la revolución verdaderamente popular.
En resumen, la estabilidad de las fuerzas armadas se sacude al calor de la propia desarticulación que corroe al conjunto del tejido social en momentos revolucionarios. En este caso, como en muchos otros, no se puede pretender llegar al final de la película por el comienzo, ya que la primera condición para esta ruptura progresiva es la actividad revolucionaria del proletariado y las masas pobres, cuya preparación implica hoy, entre otras cuestiones, la mayor delimitación política de los trabajadores respecto al motín militar.
A raíz de ello, la ruptura de la cadena de mando no es, en sí misma y considerada aisladamente, un fenómeno progresivo, sino que dependiendo del estado general de la relación entre las clases, el nivel de actividad del movimiento obrero, etc., puede dar lugar al fortalecimiento de todo tipo de variantes reaccionarias al interior incluso de las mismas fuerzas de seguridad. Porque, tratándose de las fuerzas del Estado burgués encargadas de imponer el orden por la violencia, el primer aspecto de una ruptura progresiva tendría que ser el cuestionamiento de los sublevados a su propia función social, cuestión muy distinta a la que presenciamos hoy.

De motivos y argumentos para defender el reclamo de los represores (o hegemonía obrera vs. sindicalismo puro y duro)

El motín puso en aprietos al gobierno, obligándolo a un primer retroceso y a una negociación de la cual, como dice el amigo Rosso, saldrá mal parado. Pero esto le fue impuesto por su propia “debilidad estratégica”: así como señalamos hace un tiempo que el gobierno no podía prescindir de la burocracia sindical en tanto aparato de control sobre el movimiento obrero, tampoco puede hacerlo de las fuerzas represivas. De ahí la solución urgente al reclamo y la negociación abierta. Esa identificación de la debilidad del kirchnerismo es la que llevó a este intento de “diálogo” entre los movimientos de base K y la base represora en protesta.
Pero en ocasión de este conflicto, sectores de la izquierda vuelven a hacer gala de su pérdida de brújula y de una concepción profundamente sindicalista de la política, opuesta por el vértice a la estrategia revolucionaria. Izquierda Socialista plantea “los sublevados (…) exigen un aumento de salarios, que sus ingresos sean en blanco y ser parte de las negociaciones. Es necesario que tengan derecho a sindicalizarse para defender sus derechos sin represalias, con el compromiso de que no repriman las protestas populares.
Lo mismo sostiene el PCR -más coherente con su estrategia de abierta colaboración de clases- al plantear que el reclamo salarial es justo y demostrativo de la política del gobierno nacional de ajuste con salario en negro. Esta situación tiene que servir de enseñanzas a los integrantes de estas fuerzas cuando el gobierno las mande a reprimir organizaciones populares que se movilizan por reclamos similares a los que están planteados en este conflicto.                      
Suenan un tanto ingenuas estas definiciones, que siembran expectativas en que los represores se vuelvan su contrario por mera evolución de su conciencia reivindicativa, pasando por alto algo tan elemental como el hecho de que un fortalecimiento de éstos sectores en el marco de una situación general de pasividad del movimiento obrero y de una coyuntura más a la derecha no puede redundar a favor de los trabajadores y el pueblo.
El MST -también más coherente con su derrotero centroizquierdista- sostiene la misma posición que IS y el PCR, pero tiene quizás el mérito involuntario de hacer explícita la contradicción que encierra: Ante una rebaja salarial de tamaña magnitud estos sectores han salido a reclamar como lo haría cualquier trabajador. Más allá de las posturas reaccionarias que se han manifestado en medio de estos sectores movilizados y del rol institucional que juegan estas fuerzas, los reclamos en curso son absolutamente justos, los mismos por los que luchan miles de trabajadores que enfrentan similares medidas de ajuste salarial y laboral (negritas nuestras).
Sólo con escribir más allá se pretende estar, en la realidad concreta, más allá del rol institucional reaccionario que juegan estas fuerzas, volviendo justos los reclamos de los mismos. El común denominador de estas posiciones, que ven en gendarmes y prefectos a trabajadores como cualquier otro por recibir un salario, es un fuerte sindicalismo que desemboca en el claro oportunismo.
En primer lugar, porque borra el antagonismo de intereses que media entre la clase obrera y los agentes del Estado burgués. El planteo de la sindicalización de militares y policías es un desarrollo in-extremis de esta igualación formal, al punto de que se concibe la posibilidad de que, sindicalización mediante, las fuerzas se puedan democratizar por vías más o menos pacíficas y renegar de su función social coercitiva. ¿Acaso la sindicalización de la policía en Francia sirvió para que sus demandas confluyeran con las de otros trabajadores? Por el contrario, sirvió para equipar de mejor armamento e instruir con nuevas técnicas represivas a una policía entrenada en métodos de brutal represión y apremio a inmigrantes, cuestión que estuvo en la base de las revueltas de las periferias que sacudieron los barrios pobres de París hace unos años. 
Contrario a esto, el punto de vista de los socialistas revolucionarios es que por su propio carácter social, las instituciones represivas son irreformables. De ahí la pelea por el desmantelamiento del aparato represivo, sin alentar ilusión alguna entre los trabajadores y los sectores populares de que, en los marcos de éste régimen, las fuerzas de seguridad puedan desempeñar rol alguno progresivo.
En segundo lugar, estas posiciones parten del sentido común de que la mera lucha reivindicativa es condición suficiente para el desarrollo político de la clase obrera, (cuestión que iría acompañada del voto a la izquierda). Para que la situación evolucione a izquierda, sólo haría falta que la clase obrera sume sus reclamos reivindicativos a los del resto de los sectores en lucha, a saber: la clase media cacerolera que exige seguridad y los milicos represores que quieren aumento de salario.
Aunque implique un gran ejercicio en el que la clase obrera tensa sus músculos, el mero desarrollo de la lucha económica-reivindicativa, por sí mismo, no resuelve el problema de su maduración política, cuestión que tampoco resuelve el voto a la izquierda. Para avanzar en ese camino, al interior de la clase obrera necesariamente tienen que desarrollarse tendencias que combatan toda intromisión de la política y la ideología burguesa entre los trabajadores, que mantengan ante cada hecho de la realidad un punto de vista de clase y batallen por la independencia política y un programa propio que dé respuesta al conjunto de las demandas de la nación oprimida. Ahí entra el rol de la izquierda en el movimiento obrero. La política de quienes apoyan el reclamo de los represores es claramente opuesta a esta perspectiva. Al mismo tiempo, todo abstencionismo o ambigüedad ante este reclamo (como la que sostiene el Partido Obrero en esta nota) constituye un error cabal desde el punto de vista de la preparación consciente de la clase obrera para la lucha revolucionaria y la clara identificación de sus enemigos.
La concepción sindicalista (de mera sumatoria de todas las demandas, independientemente del contenido progresivo o reaccionario de éstas) aparece en “estado químicamente puro”  en la política de Izquierda Socialista que entiende que el reclamo de los gendarmes y prefectos es una razón más para llamar a marchar masivamente el próximo 10 de Octubre a Plaza de Mayo ante la convocatoria hecha por la CTA-Micheli junto al gremio de camioneros”. A riesgo de ser reiterativos: la clave de la estrategia revolucionaria pasa, en primer lugar, por no confundir las banderas ni perder el norte de la independencia política de los trabajadores. Todo lo contrario pasará en el acto de la movilización del 10/10, que tendrá como orador al patrón sojero Buzzi, entre otros (ver aquí).

La preparación estratégica de la “lucha por las tropas”

Lenin señalaba que “a menos que la revolución adquiera un carácter de masas e influya en las tropas, no puede hablarse de una lucha seria. Ni que decir tiene que tenemos que trabajar entre las tropas. Pero no debemos imaginar que se pasarán de golpe a nuestro lado como resultado de la persuasión o de sus propias convicciones (…) la vacilación de las tropas, que es inevitable en todo movimiento verdaderamente popular, conduce a una auténtica lucha por las tropas siempre que se agudiza la lucha revolucionaria” (citado en Las Antinomias de Antonio Gramsci, resaltado propio)
Pero esa lucha “por las tropas” puede preverse y prepararse, superando toda tentación “espontaneísta”, que deviene en pacifismo frente al Estado burgués. El desvivirse por el reclamo de los represores niega esta preparación consciente de la clase obrera para luchar por ganar para su causa a sectores de las fuerzas represivas. Contra esta visión facilista de la desintegración del Estado burgués, discutía Trotsky en 1932 respecto a Alemania, señalando que era utópico esperar que las fuerzas policiales impidieran el avance del fascismo simplemente por el origen social de las mismas y la pertenencia de muchos a la socialdemocracia.
En ¿Adónde va Francia? advertía lo mismo contra la visión pacifista del PC, indicando que “Una conquista pacífica, serena del ejército es aún menos posible que la conquista pacífica de una mayoría parlamentaria” (marzo de 1935). En 1938, en el Programa de Transición, señalará que “La burguesía advierte claramente que en la época actual la lucha de clases infaliblemente tiende a transformarse en guerra civil (…) Los reformistas inculcan sistemáticamente a los obreros la idea de que la sacrosanta democracia está más segura allí donde la burguesía se halla armada hasta los dientes y los obreros desarmados”
En momentos de decadencia capitalista y crisis social, las fuerzas represivas (estatales y paraestatales) tienden a convertirse en la herramienta central de dominación capitalista. El “consenso” cede paso a la “coerción”. De allí que el debilitamiento del Estado burgués y la preparación consciente de los sectores avanzados de trabajadores en esa perspectiva sea una tarea central de las organizaciones que se reivindican revolucionarias.
A esto apuntaba Trotsky cuando señalaba que “Los piquetes de huelgas son las células fundamentales del ejército del proletariado (…) Es preciso inscribir esta consigna en el programa del ala revolucionaria de los sindicatos (…) es preciso constituir prácticamente milicias de autodefensa, adiestrándolas en el manejo de las armas” (…) Sólo gracias a un trabajo sistemático, constante, incansable valiente en la agitación y en la propaganda, siempre en relación con la experiencia de la masa misma, pueden extirparse de su conciencia las tradiciones de docilidad y pasividad: educar destacamentos de heroicos combatientes, capaces de dar el ejemplo a todos los trabajadores, infligir una serie de derrotas tácticas a las bandas de la contrarrevolución, aumentar la confianza en sí mismos de los explotados”
La perspectiva de la conquista de las Fuerzas Armadas y de seguridad para la causa de la clase trabajadora no puede estar desligada de la lucha por preparar conscientemente a la clase obrera en el camino del enfrentamiento al Estado burgués y sus fuerzas. Preparación que es política en el sentido amplio, abarcando la necesaria delimitación de toda variante política burguesa, así como organizativa, avanzando en la organización de la autodefensa militar obrera.
Este conjunto de aspectos, nodales a la estrategia revolucionaria y que, lejos de ser una cuestión "libresca" estarán cada vez más planteados como cuestión de política actual conforme se profundice la lucha de clases, está completamente ausente en los análisis y la política de la izquierda frente al reclamo de gendarmes y prefectos, mostrando una vez más, como correctamente se ha señalado aquí, el “grado cero” de la estrategia trotskista. 
                            



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